Ensayos, libros y notas sobre temas como el empleo, los salarios, las condiciones de trabajo, la economía en México y en el mundo, sobre todo desde una perspectiva histórica
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lunes, 27 de abril de 2020
No, no están todos. Faltan programas de apoyo para los trabajadores despedidos
No, no están todos
Saúl Escobar Toledo
El programa económico del gobierno
presentado hace unas semanas representa, sin duda, un gran esfuerzo por
proteger a algunos sectores de la población más necesitados. El sábado pasado,
18 de abril, el presidente reiteró las medidas que se están poniendo en
práctica en un video grabado en el cual, además, desmintió a TV Azteca y volvió
a dar su apoyo al subsecretario de salud, López Gatell.
Sin duda, la campaña de la televisora
y de otros medios de comunicación, personas y asociaciones de diverso tipo
contra las medidas sanitarias dictadas por la autoridad correspondiente no
reparan en el daño que pueden causar. Alimentan conductas que rechazan la
reclusión hogareña y la sana distancia y, al mismo tiempo, fomentan el miedo de
que los hospitales y el personal sanitario no sean capaces de atender a los
enfermos. Estas campañas defienden, sin duda, intereses políticos y económicos
particulares. Sus expresiones, a menudo hechas
con ligereza, forman parte de un ambiente político tenso que demuestra que la
pandemia no ha detenido la lucha por el poder. La crítica a las políticas
públicas no sólo es admisible; es necesaria para fortalecer programas y
advertir debilidades. Ésta, sin embargo, no debería convertirse en un
instrumento para agudizar las calamidades que no sólo azotan a México sino al
mundo entero. En cambio, aquellas propuestas que tienen como objetivo
fortalecer las respuestas gubernamentales deben ser valoradas justamente.
Es el caso del programa económico. En
varias ocasiones, incluyendo el mensaje del sábado pasado, el presidente se ha
referido a los apoyos otorgados por su gobierno. Dijo que, ante el alargamiento
de la reclusión domiciliaria, el plan es dar apoyo a 60% de los hogares “para
empezar”. Las prioridades son los más pobres y una parte de la clase media.
Mencionó tres formas de apoyo: primero, intensificar la entrega de algunos
beneficios, de tal manera que hasta el 10 de abril se habían repartido 46 mil
millones de pesos (mmp) a 8 millones de adultos mayores y a 1 millón de niños y
niñas con discapacidad; entre mayo y junio se dispersarán un total de 50 mmp.
La segunda forma consiste en 3 millones de créditos para la economía formal e
informal, sobre todo para microempresas y trabajadores por su cuenta con una
tasa de interés de 6.5% (incluyendo ahora a180 mil pescadores) y apoyos para
250 mil agricultores, así como mayores recursos para “Jóvenes construyendo el
futuro”. La tercera se materializa en 11
millones de becas para estudiantes.
Así pues, estará cubierta una parte
de la población afectada, pero no toda. Falta un sector muy importante: los
trabajadores asalariados que ya perdieron, perderán su empleo o verán rebajados
sus ingresos debido a reducciones en la jornada laboral tanto en las ramas
económicas más modernas como en las menos desarrolladas. Entre estas últimas
predominan grupos tan vulnerables como los trabajadores que sirven a un patrón,
pero no cobran salario (propineros); los jornaleros rurales; las trabajadoras
del hogar (y cuidadores de personas) sin seguridad social; y los trabajadores
informales asalariados (no inscritos en el seguro social).
Es evidente que este universo no está
compuesto fundamentalmente por adultos mayores, niños con discapacidad,
estudiantes, o jóvenes aprendices. Tampoco hay que confundir a los trabajadores
de las microempresas con el sector de informales que labora al servicio de un
patrón sin seguridad social. En algunos casos pueden coincidir, pero no en
todos. Además, no es lo mismo otorgar un crédito al dueño del changarro que una
ayuda directa al trabajador que no tendría que ser devuelta
posteriormente.
Para ilustrar mejor el asunto,
podemos poner de ejemplo el proyecto de ley aprobado recientemente en la Cámara
de Diputados de Brasil iniciado por la oposición al presidente Bolsonaro y que
logró el apoyo de la mayoría. Aunque falta la ratificación del senado y el
mandatario podría vetarla, es un interesante ejemplo de lo que se puede hacer
para combatir los efectos de la crisis entre la clase trabajadora.
Debe aclararse que en Brasil existe
un seguro de desempleo financiado con los impuestos generales pero administrado
de manera tripartita. Sin embargo, la magnitud del daño que está causando la
pandemia y la recesión económica han llevado a instrumentar un programa
adicional, financiado enteramente con recursos públicos, que consiste en una
ayuda de 600 reales, unos 110 dólares estadounidenses ($US), por tres meses que
puede duplicarse a $US 220 dólares en caso de hombres o mujeres solteros, jefes
de hogar (incluyendo madres adolescentes menores de 18 años). La ley contempla
la posibilidad de alargar el período de ayuda si continua la pandemia.
Este beneficio sólo lo podrán recibir
aquellos que tengan un ingreso mensual por persona de hasta la mitad de un
salario mínimo (aproximadamente $US 100 dólares) o un ingreso familiar de hasta
tres salarios mínimos ($US 300 dls.).
El programa está destinado a microempresarios,
pero también a personas desempleadas o trabajadores informales que se inscriban
voluntariamente mediante una plataforma digital proporcionada por el gobierno o
que ya estén dados de alta en el registro de contribuyentes. Las categorías
laborales son numerosas, entre ellas: pescadores, agricultores, miembros de
cooperativas, camareros, taxistas y repartidores (incluyendo los de
aplicaciones digitales como Uber y Didi), camioneros, trabajadores de limpieza;
agentes y guías de turismo, técnicos de espectáculos y entretenimiento,
profesionales, trabajadores deportivos, fisioterapeutas, nutricionistas,
psicólogos, etc.
De esta manera, el proyecto abarca a
un conjunto de trabajadores que no pueden ser beneficiarios del seguro de desempleo,
aunque se trate de asalariados, porque su contratación es muy precaria pues
laboran como eventuales, subcontratados, subocupados, o sin registro fiscal.
En México, en cambio, no contamos ni
con un seguro de desempleo ni se ha previsto hasta ahora una ayuda directa y en
efectivo a los trabajadores asalariados despedidos (que contaban con una plaza
estable) o desocupados, especialmente a los más vulnerables.
Si no se avanza en ambos sentidos,
una cantidad que puede llegar hasta un 40% de la población asalariada total puede
verse desamparada completamente. Y en el caso de las microempresas (que suman
14 millones de personas empleadas) podrían recibir ayuda sólo la mitad en el
mejor de los casos y de manera indirecta, a través de un crédito al dueño del
establecimiento.
Los efectos de este abandono serían
muy graves y sin duda aumentarían la pobreza y la misma crisis económica por la
caída de la demanda. Como se ha señalado en este espacio y por parte de
distintos especialistas, el costo de estos programas no representaría una carga
exagerada (alrededor de un punto porcentual del PIB). Tendría la ventaja,
además, de reabrir un debate iniciado en 2014, que no concluyó, sobre el seguro
de desempleo. Hay que recordar que este instrumento de política laboral existe
desde hace tiempo en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay, Chile y
Venezuela en América Latina, y en casi todos los países desarrollados, con
modelos de financiamiento y de implementación distintos. Y, también, que este
seguro ha sido una promesa olvidada desde el constituyente de 1917. Otra
propuesta que se ha manejado es el Ingreso Ciudadano Universal o Renta Mínima
Vital como el que ha sido anunciado en España hace unos días. Sin embargo, este
último supondría la eliminación de varios programas de ayuda en efectivo que ya
están operando (para no duplicar las transferencias) y un esfuerzo fiscal
mayor. Como quiera que sea, está claro que, ante los estragos de la crisis
presentes y venideros, no todos están todavía incluidos en los planes del gobierno.
Esperemos que lo estén pronto. Aprovechando
una de las frases del presidente podríamos decir ahora, “por el bien de todos,
primero los trabajadores pobres”.
miércoles, 8 de abril de 2020
El proyecto económico del gobierno: mantener la ruta original en un mundo que ya cambió.
El proyecto económico del gobierno: mantener la ruta original en un mundo que ya cambió.
Saúl Escobar Toledo
Este
año, la economía mundial sufrirá una severa contracción como resultado del
freno de diversas actividades económicas y la pérdida de ingresos de muchos
trabajadores. Tal es el diagnóstico que comparten académicos y especialistas críticos
y partidarios de la globalización neoliberal; organismos multilaterales con una
orientación más progresista (como la UNCTAD) o tradicionalmente conservadora
(como el FMI); y organismos privados y públicos.
Por
ello, desde hace unas semanas se han anunciado paquetes de estímulos económicos
de una escala sin precedentes en diversos países desarrollados y en China. Es
el caso de Australia, que anunció un paquete equivalente a casi diez puntos porcentuales
del PIB para los próximos cuatro años; Canadá (6% del PIB); Alemania (4.5%); y
Estados Unidos con un combo que representa más del 10% de su producto interno
bruto.
Todo
ello, advierte por ejemplo la UNCTAD, no impedirá la recesión mundial, pero hay
la esperanza de que evite una larga depresión. En el caso de los países en desarrollo,
sin embargo, las cosas pueden ser más complicadas porque enfrentan diversas
presiones que les impiden llevar a cabo paquetes de estímulos de gran escala: salida de divisas, devaluaciones y los
desequilibrios de la balanza de pagos. El FMI reconoce, incluso, que las
economías emergentes que enfrenten la fuga de capitales “necesitarán donaciones
y financiamiento de la comunidad internacional” y, si es necesario, “aplicar controles
de capitales”. Éste es el panorama internacional.
En cuanto a las medidas internas, se ha señalado que cada país necesitará, por
lo menos:
1) comprometer
todos los recursos necesarios para combatir la pandemia: según el FMI podrían
ser necesarias incluso acciones “intrusivas” por parte de los gobiernos para la
provisión de suministros fundamentales, celebrando contratos públicos para la
compra de insumos esenciales y productos finales, y la reconversión de industrias o nacionalizaciones
selectivas.
2) Proporcionar
suficientes haberes a las personas afectadas por la crisis. Los hogares que
pierdan parte de sus ingresos debido al confinamiento en los hogares y al paro técnico provocado por la caída del comercio
internacional, necesitarán apoyo gubernamental. Este apoyo debe contribuir a
que la gente mantenga sus empleos (y sus salarios y prestaciones). Los apoyos
por desempleo (en caso de que exista un seguro de desempleo) deben ampliarse y
extenderse. Es necesario también que las transferencias de efectivo lleguen a
los trabajadores independientes.
3) Los
gobiernos deben proporcionar un apoyo especial a las empresas privadas, incluyendo
el aplazamiento del pago de impuestos; subsidios para mantener el empleo; y
programas de préstamos y garantías por la banca privada y pública. Estos apoyos
deberán concentrarse en las micros y pequeñas empresas.
En una
palabra, hay que garantizar que las redes económicas y comerciales se preserven
y que la disminución de los ingresos de los hogares sea la menor posible, pues
de ello dependerá que la recuperación tarde menos y la pobreza no se extienda
tanto. En términos más técnicos, evitar un shock tanto del lado de la demanda
como de la oferta.
Hay
que subrayar el cambio de paradigma que todo esto supone: una mayor intervención
del sector público especialmente mientras persistan las circunstancias excepcionales
derivadas de la pandemia. Ello podría incluir niveles de deuda pública más altos
e incluso nuevas empresas y ramas productivas bajo control público. Es la hora
del control del Estado sobre el mercado.
En el
caso de los países en desarrollo, a pesar de las dificultades y riesgos por su
exposición financiera, algunos gobiernos han tomado ya medidas desde el mes
pasado:
Argentina,
por ejemplo, desde el 23 de marzo anunció un paquete que equivale al 2% del PIB. En Brasil las autoridades anunciaron una serie
de disposiciones que representan el 3.5%.
El gobierno de Chile por su parte presentó un conjunto de medidas de alrededor
de 4.7% del PIB. Perú anunció un paquete de 12% (habrá que comprobar su
implementación).
En
México, el pasado domingo 5 de abril, el presidente López Obrador anunció una
serie de medidas económicas que suman cerca de 400 mmdp, es decir, alrededor de
1.6% del PIB. Algunos rubros ya estaban
contemplados en el presupuesto. Otra parte representa créditos cuyo impacto
tomará un tiempo que hoy no se puede precisar debido a que no sabemos cuándo
remitirá la pandemia, como es el caso de la vivienda. Lo mismo puede decirse del
número de empleos anunciados como resultado de la inversión pública.
Comparado
con otros países que, incluso atraviesan por situaciones más problemáticas, el
esfuerzo se ve más modesto. Faltan, además, algunas cosas:
Apoyo a
trabajadores y hogares: un seguro de desempleo que tendría que ser legislado de
inmediato o en su defecto apoyos en efectivo a las personas asalariadas
despedidas o en paro técnico, y a trabajadores por su cuenta especialmente del
sector informal.
Apoyos
a PYMES: no sólo créditos directos, también aplazamientos y exenciones de
impuestos y cuotas a la seguridad social.
Para
evaluar el tamaño del esfuerzo que se requiere debemos tomar en cuenta el
universo de trabajadores asalariados más vulnerables y las microempresas
existentes en México. En el primer caso tenemos, en número redondos de manera
gruesa, y sin mucho rigor en el conteo, alrededor de 15 millones (un 28% de la
población total ocupada) de trabajadores que están en peligro de sufrir una
reducción prolongada de sus ingresos (desempleados, subcontratados, propineros,
trabajadores informales por cuenta propia, etc). Para estos 15 millones, es
indispensable llevar a cabo un programa especial consistente en otorgar transferencias
directas, por ejemplo un salario mínimo diarios por tres meses. Ello
equivaldría a 166 mil millones de pesos (0.7% del PIB).
Por
otra parte, los micronegocios que trabajan con hasta 10 personas representan el
95% de todos los establecimientos y emplean al 38% del total de personas. Es decir,
estamos hablando de alrededor de 5 millones 900 mil microempresas que dan sustento a 13.3 millones de personas.
Para
este universo, el programa anunciado por el presidente prevé 3.4 mmdp, es decir,
teóricamente, unos 576 pesos por establecimiento. Si lo multiplicáramos por 10,
para poder otorgar 5 760 pesos por cada changarro, ello daría un total de 34
mil mmdp, es decir un 0.14% del PIB
En
total, los dos programas representarían una cantidad equivalente al 0.8-0.9%
del PIB, unos 200 mil millones de pesos adicionales. Sumado a lo que se anunció
el domingo, el total aumentaría a 2.5% del PIB.
Para
financiarlo se requeriría más o menos lo que la Secretaría de Hacienda señaló
en los llamados pre-criterios 2021 entregados al Congreso de la Unión por
mandato legal hace unos días, pues consideraba que los Requerimientos
Financieros del Sector Público (RFSP) ascenderían a 4.4% del PIB (contra 2.6%
originalmente aprobado). Sin embargo, el presidente no estuvo de acuerdo con
estas propuestas.
Puede
decirse entonces que el programa anunciado el domingo no se basó en la idea de
la UNCTAD de hacer todo lo que se tenga que hacer, sino en otra estrategia:
hagamos lo que podamos con lo que hay a la mano.
Esta
estrategia no corresponde a la sanitaria, pues en este caso las autoridades del
sector salud advirtieron desde el principio que, dado que la pandemia pegará al
país, ineludiblemente, en forma drástica, en un futuro cercano (la llamada fase
tres), había que prepararse con suficiente anticipación con medidas severas de confinamiento
y suspensión de actividades (aplicadas desde el 24 de marzo).
En
materia económica se ha elegido otra ruta: mantener, en lo fundamental, el
proyecto original; adoptar un escenario más optimista; y llevar a cabo, en el
mejor de los casos, una actuación postcrisis. Pronto veremos cuáles son los
resultados de ambas estrategias.
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miércoles, 25 de marzo de 2020
La política económica frente a la pandemia: apuntes iniciales
Un apunte sobre la política económica frente a la pandemia
Saúl Escobar Toledo
La propagación del coronavirus representa
en primer lugar una amenaza sanitaria pero también un riesgo económico. La
UNCTAD, el organismo más importante de la ONU para el desarrollo ha anunciado
que los efectos del Covid 19 desatarán una recesión en algunos países y un
menor crecimiento en otros. La duración y la profundidad de la crisis
dependerán de la gravedad del contagio pero, asimismo, de la eficacia de las
políticas públicas. La caída de la producción puede tener la forma de una V, es
decir, de corta duración. O puede tener la forma de una U, lo que significaría
una recesión más prolongada.
Para diseñar una política económica adecuada,
la UNCTAD considera que es necesario tomar en cuenta los tres canales de la
disrupción: la demanda, la oferta y el sector financiero.
En el primer caso, las reclusiones y
aislamientos de las personas están provocando un menor consumo sobre todo en el
sector servicios: turismo, restaurantes, etc. En el lado de la oferta, la
suspensión de actividades y el ausentismo forzado en algunas ramas
manufactureras en las localidades más contaminadas por el virus tendrán efectos
a nivel global. La caída de exportaciones de bienes finales y de materias
primas y otros insumos, afectarán a las empresas y el empleo en varias partes
del mundo. En cuanto al sector financiero, el principal problema es el
endeudamiento público y corporativo en muchos países, y un sistema dedicado a
la especulación y la evasión fiscal.
La respuesta apropiada tiene que
atender estos canales. Los gobiernos deben aumentar su gasto, comprando bienes
esenciales para combatir la enfermedad e invirtiendo en otros rubros como la
industria de la construcción, pero también realizando transferencias directas
en efectivo a la población más necesitada.
Resulta fundamental tomar en cuenta
que, en estos momentos, a pesar de los problemas del lado de la oferta, se
requiere sostener la demanda, aunque para ello los gobiernos tengan que
recurrir a un mayor endeudamiento. En cambio, la UNCTAD no recomienda llevar a
cabo rescates o transferencias directas a las empresas.
Por otro lado, será necesario facilitar
el otorgamiento de créditos directos a la producción sobre todo mediante los
bancos de desarrollo. Instituciones multilaterales como el FMI deben ofrecer,
igualmente, mecanismos de bajo costo para financiar a los países menos
desarrollados. Una moratoria de la deuda pública externa para las naciones más
necesitadas tiene que ser considerada.
Dicho en otras palabras, las
políticas económicas aplicables deben partir del reconocimiento de que la pandemia
está agravando otra enfermedad mayor de nuestro tiempo: la creciente y excesiva
desigualdad económica y social.
Por ello, será necesario ayudar
primero a las personas más vulnerables al virus y a la recesión productiva. Desde
una óptica laboral, de cara a la emergencia, se pude partir del esquema de Milanovic y tomar en cuenta
cinco grupos de trabajadores: a) doctores y personal médico; b) empleados
formales en el sector servicios (sobre todo en el comercio de bienes de consumo); c) obreros
industriales y trabajadores rurales; d) profesionales y personas que pueden laborar
a distancia (desde su casa); y e)
trabajadores informales por su cuenta de todo tipo, principalmente aquellos que
se verán afectados por la caída del consumo.
El problema es que, para evitar
contagios, los trabajadores deberían laborar menos tiempo o de plano irse a sus
casas y recluirse. Sin embargo, en el caso de a), ello sería catastrófico; en lo
que toca a b), su ausencia puede generar un desabasto de alimentos y bienes
esenciales; si los empleados de c) faltan a sus labores ello puede repercutir
en una menor demanda y oferta de bienes; y en referencia a e), la falta de
ingresos puede conducirlos a buscar otras fuentes igualmente peligrosas desde
el punto de vista sanitario o ser víctimas de una grave crisis social. Los
únicos que no se verán afectados sensiblemente son los d).
Por ello, es indispensable buscar un
equilibrio entre mantener activos a algunos trabajadores y recluir a otros. No
se puede ni mandar a todos a su casa ni dejar que las cosas funcionen como si
nada pasara. Hay que tratar de mantener la actividad económica, aunque desde
luego a un menor ritmo, tanto como sea posible.
La cuestión radica entonces en
explorar si se puede lograr un mejor equilibrio entre reclusión y trabajo,
entre mantener una parte de la actividad económica y combatir la propagación
del virus.
Según algunos especialistas, como Wan
Manan y Nazihah Noor, expertos en salud pública, la experiencia de Corea del
Sur (y de Japón y Taiwán) mostraría que se puede controlar el Covid-19 (la tasa
de mortalidad aquí ha sido menor al 1%) y al mismo tiempo evitar la asfixia de
las actividades económicas y sociales. Las autoridades de ese país alegan haber
adoptado un modelo diferente al del occidente, basado, por un lado, en
restringir reuniones masivas y cerrar escuelas pero, además, en cuidar selectivamente a la población en
mayor riesgo y promover mecanismos de diagnóstico temprano y eficiente, lo que
requiere la participación de las personas y las familias (no sólo del gobierno).
La respuesta de estos países en materia económica sugiere también la necesidad
de un estado fuerte que actúe con decisión para reasignar recursos y mano de
obra, de tal manera que las empresas produzcan lo que más se necesita en estos
momentos. Con base en la experiencia asiática, recomiendan a los gobiernos
considerar diversas opciones y actuar con prudencia, no bajo la presión del
pánico. De esta manera, señalan, se podría evitar que las medidas sanitarias y
sus consecuencias económicas afecten a más personas que la propagación del
virus
Podemos entonces sacar algunas
conclusiones para el caso de México. Se requiere: 1) mantener un consumo
responsable; 2) cuidar que no se desplome la oferta de productos y servicios
más necesarios; 3) conducir una política de créditos agresiva para sostener la
oferta y la demanda efectiva. Para ello, el gobierno debe aumentar su gasto
corriente y sus inversiones en infraestructura en el sector salud y en aquellas
ramas productivas que considere necesarias. Adicionalmente, elevar las
transferencias directas de efectivo a la población más vulnerable: adultos
mayores y trabajadores sin protección social. En materia de política fiscal, hay
que subrayar que México tiene un nivel de deuda menor que otros países, por lo que
hay que olvidarse de los parámetros previstos antes de la epidemia. Desde luego
dejar a un lado la meta del déficit presupuestal de 2.1%, reorganizar el
presupuesto y revisar las alternativas de financiamiento. También habría que
pensar en una reducción del IVA. El crédito a las empresas por parte de la
banca de desarrollo deberá aumentarse de manera programada sobre todo en la
medida en que la enfermedad vaya cediendo.
En materia laboral, habrá que hacer
nuevas contrataciones para el sector salud (que no requieran una capacitación
prolongada) y fortalecer la seguridad de sus condiciones de trabajo; proteger
con medidas sanitarias a los trabajadores del sector servicios, sobre todo de
distribución, comercialización y venta
de productos alimenticios y de consumo final más indispensables, y tratar de
evitar despidos o vacaciones forzosas no pagadas; garantizar la estabilidad laboral de los obreros
de las manufacturas (y la agricultura), y los pagos correspondientes por enfermedades
y paros técnicos. Un caso aparte son las personas que trabajan por su cuenta en
la informalidad, a los cuales se le debe garantizar su atención médica gratuita,
ayudarlos a mitigar la caída de sus ingresos con medidas generales (reducción
de IVA) o selectivas (transferencias en efectivo focalizadas).
Llevar a cabo acciones que aminoren
la caída económica y al mismo tiempo eviten los contagios del virus, requiere
la confianza de la ciudadanía en sí misma, en las instituciones y en la
información de fuentes confiables.
La capacidad del gobierno para atender
todos estos rubros será (siempre lo es) limitada. La clave del éxito no reside
en la escasez sino en la capacidad del gobierno y del estado mexicano para
actuar con habilidad, conocimiento y decisión. Y en la solidaridad de los
ciudadanos para no sólo ver por sí mismos sino también por los más necesitados.
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miércoles, 11 de marzo de 2020
Los orígenes del 8M, el Día Internacional de la Mujer: la verdadera historia
Los orígenes del 8M: la verdadera historia
Saúl Escobar Toledo
Según las fuentes históricas
disponibles, todo empezó en 1908 cuando el Partido Socialista de los Estados
Unidos propuso a su Comité Nacional de Mujeres hacer campaña por el sufragio y organizar
diversas movilizaciones para exigir ese derecho, aún inexistente por aquel
entonces, pues la reforma constitucional se logró hasta 1920. Con ese propósito, la sociedad de mujeres de
la Ciudad de Nueva York celebró una reunión masiva el 8 de marzo de ese año.
Por su parte, el Sindicato
Internacional de Trabajadoras de la Confección (ILGWU por sus siglas en inglés)
había venido desatando una ola de huelgas desde finales del siglo XIX en esa
misma ciudad ya que era uno de los centros de confección de ropa más importante
de Estados Unidos. Nueva York era entonces un agitado punto de encuentro de
diversos movimientos.
En 1909, las socialistas
estadounidenses celebraron otro mitin muy concurrido en esa ciudad el 23 de
febrero y declararon que, a partir de entonces, el último domingo de febrero
celebrarían el Día Nacional de la Mujer.
Los partidos socialdemócratas
europeos supieron del éxito de la iniciativa de las estadounidenses y en su
Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en 1910 en
Copenhague, discutieron el asunto. La delegada por Alemania, Luise Zietz
propuso que la Conferencia proclamara un “Día Internacional de la Mujer” que se
celebraría anualmente. Clara Zetkin, una de las dirigentes más importantes de
la socialdemocracia europea apoyó la propuesta y la Conferencia la aprobó por
unanimidad.
Clara era una de las dirigentes
del movimiento de mujeres más destacada en Europa. Desde 1894 tenía a su cargo
la revista Die Gleichheit (La Igualdad) que había fundado para que la
socialdemocracia alemana tuviera un órgano de expresión sobre estos temas y discutiera con otras corrientes feministas.
Luego, ella misma se encargó de organizar las conferencias de mujeres de su partido
y posteriormente las Conferencias Internacionales.
Todas estas actividades estaban
destinadas a los partidos socialistas, a las organizaciones de mujeres y a las asociaciones
de trabajadoras que “respaldan la lucha de clases”. Para Clara y las dirigentes
socialdemócratas, “el feminismo burgués y el movimiento de las mujeres
proletarias (eran) dos tendencias completamente diferentes”.
La resolución que fue adoptada en
Copenhague decía textualmente:
“Las mujeres socialistas de todas
las nacionalidades tienen que organizar un Día de la Mujer (Frauentag) en el que
se debe, sobre todo, promover la propaganda por el sufragio femenino. Esta
demanda debe discutirse ligada a la problemática de la mujer en su conjunto, de
acuerdo con la concepción socialista”.
No se propuso, entonces, una
fecha precisa y más bien se afirmó el objetivo central del movimiento: el
derecho al voto. Lo que si es evidente es que las europeas tenían en mente vincular
esta demanda con los postulados del socialismo y que veían a las trabajadoras
como la vanguardia de ese movimiento.
Con base en esta resolución,
decidieron movilizarse el 18 de marzo de 1911 debido a que ese día se recordaba
el 40 aniversario de la Comuna de París. Uno de los eventos más importantes
tuvo lugar en Viena. La manifestación en la capital de Austria se llenó de
banderas rojas y pancartas que exigían las principales demandas femeninas por
la igualdad.
Por su parte, las mujeres
socialistas de EU siguieron celebrando el Día de la Mujer en febrero. En 1911,
se reunieron el día 25 porque era sábado. Sin embargo, también se unieron a la
proclama de Copenhague para la celebración de un día internacional de la mujer.
Un mes después de esta reunión,
el 25 de marzo de 1911 ocurrió el incendio de la fábrica de ropa Triangle
Shirtwaist Factory, ubicada en el vecindario Greenwich Village de Manhattan,
Nueva York. Fue el desastre industrial más mortífero en la historia de la
ciudad y uno de los más terribles en la historia de los Estados Unidos. El incendio causó la muerte de 146
trabajadores de la confección, 123 mujeres y niñas y 23 hombres que murieron a
causa del fuego, inhalación de humo o saltos mortales, pues las puertas de la
fábrica habían sido cerradas con candados. La mayoría de las víctimas fueron
inmigrantes italianas y judías recién llegadas y en su mayoría muy
jóvenes: de entre 14 a 23 años.
La coincidencia entre las movilizaciones
obreras, el incendio de la fábrica en Nueva York, las manifestaciones por el sufragio
en Estados Unidos, y la decisión de la Conferencia de Copenhague, alentaron la
lucha de las mujeres. Aunque no hay datos que nos permitan asegurar que todos
estos movimientos estaban coordinados o tenían lazos orgánicos, sin duda confirmaron
la idea de que las mujeres sufrían de una discriminación inadmisible en la vida
política y en las relaciones laborales.
En los años posteriores, el
movimiento de las mujeres, sobre todo en Europa, fue interrumpido por la Gran
Guerra. Este terrible acontecimiento, además, dividió a la socialdemocracia
europea. Algunos partidos se quedaron en la II Internacional mientras que otros
rompieron definitivamente y decidieron emprender su propio camino.
Uno de estos últimos fue el partido
bolchevique. A principios de 1917, tuvo lugar una gran movilización de mujeres
organizada principalmente por esa fracción del partido socialdemócrata
ruso. Por razones seguramente ligadas a
la situación imperante, pues la carestía se había disparado y faltaba comida en
todos lados debido a la guerra en curso, la manifestación fue convocada el 23
de febrero (según el calendario gregoriano), es decir, 8 de marzo en
Occidente.
La manifestación fue disuelta a
balazos y se convirtió en una insurrección
que continuó varios días después. Fue el inicio de la llamada Revolución de
Febrero que llevó a la abdicación del Zar y a una nueva etapa que culminaría en
octubre con la toma del poder por parte de los bolcheviques.
Los acontecimientos en Rusia
sirvieron para que definitivamente se adoptara el 8 de marzo como el Día
Internacional de la Mujer en Europa y luego en América y el resto del mundo.
En junio de 1921, una vez que
había triunfado la revolución y que ésta había reagrupado a todos los partidos
disidentes de la II Internacional, en una nueva organización, la Internacional Comunista,
se llevó a cabo la Segunda Conferencia Mundial de Mujeres en Moscú. La presidenta
de la reunión fue Clara Zetkin, quien ya había roto también con la
socialdemocracia alemana y se había pasado al lado de los partidos
comunistas. En sus resolutivos se
proclamó que el Día Internacional de la Mujer se celebraría en todo el mundo el
8 de marzo, en buena medida debido al recuerdo y el ejemplo de la lucha de las
mujeres en la Revolución de Febrero.
Como puede verse, el 8M tuvo
diversas influencias: la lucha por el sufragio femenino, pero también un activismo
ligado a la lucha socialista y obrera. Aunque la idea original surgió en Nueva
York, pronto fue adoptada por las socialistas europeas y luego por las mujeres
rusas. Durante el siglo XX, otras corrientes feministas que no se identificaban
con el socialismo, con las comunistas o
las luchas obreras, intentaron organizar eventos en otras fechas En México, por
ejemplo, se tienen noticias de que en 1961, Amalia de Castillo Ledón (miembro del PRI y conocida
por haber abanderado el reconocimiento
del derecho al voto femenino) y la dramaturga Maruxa Villalta, convocaron a
varias mujeres destacadas con el objetivo de establecer el 15 de febrero como
el Día de la Mujer Mexicana. No tuvo mayor resonancia. En cambio, las Naciones
Unidas adoptarían en 1975, el 8 de marzo, como la fecha oficial del Día
Internacional de la Mujer. Y es que, a pesar de los intentos de convertir el 8M
en un día de felicitaciones y ramos de rosas, se ha impuesto su espíritu original, un día de
lucha por la igualdad. Lo acabamos de ver en México y muchas otras partes del
mundo.
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miércoles, 26 de febrero de 2020
La CTM: la disputa por la historia
La CTM: la disputa por la historia
Saúl Escobar Toledo
El domingo pasado, el presidente de la república acudió a un
acto masivo en la Ciudad de México en ocasión del 84 aniversario de la
fundación de la CTM. En los discursos tanto del secretario general de esa
organización como del primer mandatario se hicieron varias referencias a la
historia y en particular al presidente Lázaro Cárdenas.
Quizás muchos lectores de El Sur no recuerden con precisión
los hechos de aquel entonces y no comprendan cabalmente la relación del mandatario
michoacano que gobernó el país entre 1934 y 1940 con la lucha sindical. Vale la
pena entonces recordar que la Confederación de Trabajadores de México (CTM) fue
en realidad el momento culminante de un proceso de unificación que se había iniciado
varios años antes. Diversas organizaciones jugaron un papel muy importante en
este proceso. En primer lugar, la Confederación Sindical Unitaria de México
(CSUM), una agrupación fundada por activistas sindicales, miembros del Partido Comunista,
que logró reunir a un número significativo de sindicatos a fines de los años
veinte. Poco tiempo después, surgiría la Confederación General del Obreros y
Campesinos (CGOCM) dirigida por Vicente Lombardo Toledano. El movimiento
sindical iniciaba una profunda reorganización después de varios años de sufrir
el control hegemónico de la CROM (Confederación Regional de Obreros Mexicanos),
organización que, con el apoyo del gobierno callista (1924-1928), había logrado
desplazar a otras corrientes obreras por medio de la violencia y la ayuda
oficial. Recordemos que su principal líder, Morones, había sido Secretario de Industria,
Comercio y Trabajo.
Tanto la CSUM como la CGOM, junto con los nacientes
sindicatos de industria como los ferrocarrileros, se propusieron la formación
de un movimiento obrero independiente ajeno a “toda colaboración y sometimiento
al Estado”. Durante los primeros años de la década de los treinta, se llevaron
a cabo paros y manifestaciones para lograr el reconocimiento de los contratos
colectivos. Así, por ejemplo, en 1934, antes de las elecciones presidenciales,
se organizaron dos huelgas generales.
Cuando el general Cárdenas tomo posesión de su cargo, el sindicalismo
se había convertido en “la fuerza política y social más importante del país”,
según algunos historiadores. El presidente, por su parte, decidió acercarse al movimiento
desde el principio de su administración. En 1935, cuando se produjo la ruptura con
Calles, las organizaciones obreras decidieron apresurar su unificación. La
CGOCM, la CSUM, los sindicatos nacionales de industria más importantes,
ferrocarrileros, mineros y electricistas, entre otros, firmaron un pacto de unidad
que dio lugar a la creación del Comité de Defensa Proletaria. Las huelgas se
multiplicaron a fines de ese año y principios de 1936 abarcando diversas ramas
industriales de gran importancia económica. Destacó, en ese momento, el caso de
Vidriera Monterrey pues ante las quejas patronales, Cárdenas defendió sin
ambigüedades a los trabajadores e incluso la participación de los comunistas en
el conflicto y condenó severamente las amenazas de los empresarios
regiomontanos.
En estas condiciones, a fines de febrero de 1936 se llevó a
cabo al Congreso Nacional de Unificación Obrera y Campesina, convocado por el
CNDP, del que surgiría la CTM. Según algunas fuentes, se logró reunir a representantes
de 2 800 sindicatos tanto los más pequeños como los grandes sindicatos
nacionales de industria recién creados. Una fuerza muy considerable.
El Congreso de 1936 culminó aprobando una resolución en la
que se reiteraba la independencia de la organización respecto del poder público
y se llamaba a la unidad con el movimiento campesino. El objetivo, afirmaron, era la formación de
un Frente Popular Antiimperialista para luchar por la “emancipación y la
verdadera autonomía de la nación mexicana”.
La creación de la CTM dio un mayor impulso a la movilización
de los trabajadores. Varias huelgas estallaron. Una de las más importantes fue la
ferrocarrilera que tuvo lugar en mayo. Menos de un mes después ocurrió la
huelga de los electricistas que se prolongaría por diez días paralizando la
mayoría de las actividades económicas de la Ciudad de México y algunas otras
regiones cercanas. En noviembre, el recién constituido sindicato nacional
petrolero emplazó a huelga por firma de contrato colectivo. La huelga
estallaría en mayo de 1937 y, como se sabe, se resolvería en marzo de 1938 con
la expropiación petrolera decretada por el presidente Cárdenas.
Valga este recuento histórico para subrayar que la CTM no fue
resultado de una decisión de gobierno, aunque las políticas impulsadas por el
mandatario crearon un ambiente favorable para ello. Dicha organización fue
posible gracias a una estrategia de movilización desatada con plena
independencia del poder público y del partido en el poder (el flamante PNR).
Fue, por ello, una de las etapas históricas más sobresalientes del movimiento
obrero mexicano.
Después, las cosas cambiaron y en los años cuarenta tanto los
comunistas como el propio Lombardo Toledano y otros dirigentes fueron echados o
salieron de la CTM. Un grupo, encabezado, entre otros, por Fidel Velázquez, se
apropió de la central y decidió convertirse en aliada del gobierno para
combatir a las otras corrientes sindicales. Bajo esa dirigencia y con esas
estrategias, la CTM se corrompió y se creó un sistema corporativo muy
autoritario.
La CTM que en estos días celebró su aniversario, hace mucho
que ha dejado de ser una organización combativa e independiente; tampoco es ya,
desde hace décadas, la central favorita del gobierno en turno. Se ha convertido
en una administradora de contratos de protección con una afiliación dudosa:
seguramente muchos trabajadores forman parte de los sindicatos de la CTM sólo
en el papel y ni siquiera saben que pertenecen a esas organizaciones.
Muchas de estas cosas, la participación de los comunistas, el
liderazgo de Lombardo, la represión contra la oposición sindical, el
corporativismo y la simulación de los contratos colectivos, no salieron a
relucir en los discursos del domingo pasado. Era de esperarse, ya que forman parte
del pasado vergonzoso que explica la sobrevivencia de los lideres cetemistas de hoy.
El presidente López
Obrador planteó en dicho acto una agenda laboral que incluyó el fortalecimiento
del IMSS, un cambio en las políticas a cargo del INFONAVIT y, lo más destacado,
una revisión del sistema de pensiones. A esos puntos habría que agregar otros:
el tema de la subcontratación; el sostenimiento de una política salarial
progresiva; y la implementación de las reformas a la ley para hacer realidad la
democracia sindical y la contratación colectiva.
Puede entenderse la presencia del primer mandatario en el
aniversario de la CTM de diversas maneras. Quizás considera que no queda sino
arar con los bueyes que hay, no con los que uno quisiera, para echar a andar,
con el consenso institucional de las organizaciones patronales y sindicales,
nuevas reformas a la ley y políticas distintas en beneficio de los obreros. La
agenda laboral, como pude verse, es de una gran relevancia. Ya veremos si la
CTM se convierte en un lastre o apoya estos cambios. Y, sobre todo, si pasa la
prueba de la democracia bajo las reglas legales apenas aprobadas el año pasado.
Pero la presencia del general Cárdenas en los discursos y la
apelación a su legado, nos deben hacer reflexionar sobre ese momento histórico.
Una de las cuestiones más relevantes para nuestro presente consistiría en reconocer
que un gobierno dispuesto a cambiar al país debe contar con el acompañamiento
de las agrupaciones sociales, y que éstas deben mantener su independencia y su
propia iniciativa. Tratar de controlarlas o condicionar su participación, sólo
puede hacerse por medio de la fuerza, la corrupción y el autoritarismo. La
historia de la CTM es un buen ejemplo.
miércoles, 12 de febrero de 2020
Financiarización
Financiarización
Saúl Escobar
Toledo
Bajo esta
palabra, difícil de pronunciar en español, se ha traducido el término en inglés
“financialization” que alude al poder de los mercados financieros en el mundo,
el cual ha crecido verticalmente en las últimas décadas. En la actualidad, estos
mercados y sus diversos instrumentos, algunos muy complejos en cualquier idioma
(derivados, hedge funds) han tomado una mayor importancia a tal punto que las
empresas productivas dedican buena parte de su capital a la especulación
financiera en lugar de invertir en nuevas tecnologías, mejores equipos o la
contratación de nuevos empleados.
Sorprende que el
volumen de capitales que circula por todo el mundo represente varias veces el
valor de las transacciones comerciales de mercancías, lo que también indica el
alto grado de fianciarización.
Distinguidos economistas (ver por
ejemplo J.M. Sundaram en ips.news.net) han coincidido en que la
financiarización ha empeorado la desigualdad a través de varios canales,
incluidas las políticas macroeconómicas. Tal cosa se puede observar claramente
en los países de la OCDE (incluyendo a México): ahora hay una mayor desigualdad
de ingresos debido a un marcado estancamiento en los salarios reales.
El problema se ha dado tanto en
los países de altos ingresos como en las regiones menos desarrolladas. La
financiarización en los países ricos ha transformado la vida cotidiana de mucha
gente con más y más novedosos productos financieros. Algunos de ellos se han vuelto indispensables
para hacer frente a las incertidumbres futuras y el deterioro actual de sus
ingresos familiares, carencias que ya no son mitigadas por el viejo estado de
bienestar.
Aunque la financiarización es
menos pronunciada en los países en desarrollo, muchas familias tienen que
recurrir a créditos, hipotecas, seguros médicos y de vida, fondos de pensiones,
todos ellos ofrecidos por instituciones privadas. Instrumentos que, en muchos
casos son muy onerosos y pueden debilitar en lugar de fortalecer su nivel de
vida presente y futuro.
En todo el mundo, los mercados
financieros aumentan la desigualdad a
través de una mayor concentración de riqueza. Las personas más acaudaladas
cuentan con servicios y atenciones especializadas que les permiten el acceso a
información y productos de alto rendimiento, aunque muy riesgosos.
La banca privada dedica sus mejores
administradores para atender a los clientes más ricos, ofreciendo ganancias de
dos dígitos, mientras que la gran mayoría de los depositantes tienen que
aceptar tasas de interés muy moderadas bajo esquemas muy comunes (cuentas
maestras).
Además, las corporaciones y las
personas adineradas utilizan frecuentemente estas ventajas exclusivas para
evadir impuestos. Los paraísos o refugios fiscales han crecido notablemente
debido a la extensión, sin control, de los mercados financieros con el apoyo de
instituciones que gozan de gran prestigio mundial.
Las grandes ganancias de los
bancos y las instituciones financiera dieron lugar a una elite o tecnocracia
financiera que se enriqueció desaforadamente gracias a la especulación con los
dineros de sus clientes. El escándalo fue tal, sobre todo a partir de la crisis
mundial de 2008, que varias películas, videos y libros se han publicado sobre este
asunto.
Frente a este proceso de
financiarización, las instituciones, gobiernos y organismos multilaterales como
el FMI y el Banco Mundial han propuesto la inclusión financiera. Sin embargo, muchas
veces no toman en cuenta la falta de información de las personas frente a la
existencia de instrumentos cada vez más complejos. Consideran, erróneamente,
que algunas normas regulatorias y la "alfabetización financiera" pueden
lograr prácticas menos depredadoras.
Algunos esquemas se han elaborado
para llegar a los "no bancarizados", por ejemplo, a través de servicios
de microfinanzas, con innovación tecnológica (Fintech). Tales innovaciones han
tenido consecuencias distributivas mixtas. En algunos casos las nuevas
tecnologías sólo han servido para aumentar las ganancias de los inversionistas a
expensas de clientes poco informados. Pero en otros, las innovaciones han
ayudado a personas de bajos recursos.
Así, una investigación en curso, a
cargo de la Universidad de Hamburgo, Alemania, está indagando sobre los
beneficios reales de la inclusión financiera en el mercado de la vivienda en
México en sectores de la población de bajos ingresos que no tienen acceso a
créditos públicos (INFONAVIT o FOVISSSTE) ni privados, por medio de sistemas de
microcréditos. Hasta ahora han comprobado estos resultados mixtos: algunas
personas pueden salir beneficiados y otras simplemente se han endeudado más sin
resolver sus problemas. La diferencia está en la capacidad de organización de
los sujetos de crédito. Un mayor poder de negociación puede aportar mayores
beneficios para un número más amplio de personas, o al menos impedir que caigan
en las redes de agiotistas o en planes crediticios que los atan por casi toda
su vida.
Más allá de este tipo de
servicios, todavía excepcionales, lo cierto es que la financiarización se ha
traducido principalmente en la intensidad de los flujos de capitales a nivel
internacional. Algunos economistas se han mostrado preocupados pues consideran
que, aunque la mayoría de los principios del consenso neoliberal
(privatización, desregulación, integración comercial, inmigración, disciplina
fiscal y la primacía del crecimiento sobre la distribución) están siendo
cuestionados, no ha sucedido lo mismo con la globalización financiera.
Estos críticos (ver por ejemplo
D. Rodrik en Project-syndicate.org) han advertido que, especialmente los flujos
de dinero caliente sin restricciones (inversiones de corto plazo en activos
financieros como acciones y fondos de inversión), agrava la inestabilidad
macroeconómica, crea las condiciones para las crisis financieras y frena el
crecimiento a largo plazo al hacer que las ramas económicas productivas sea
menos competitivas.
Si bien el Fondo Monetario Internacional
ha comenzado a permitir ciertas medidas de control de los flujos de capital,
aunque sólo como un último recurso temporal para resistir las oleadas cíclicas,
el dogma de la globalización financiera permanece intacto. Una razón, tal vez,
es que la economía del desarrollo no ha cambiado algunas tesis que atribuyen el
atraso de estos países a la falta de
ahorro interno. La consecuencia de este postulado es que
las economías en desarrollo y emergentes están obligadas a atraer recursos del exterior,
incluyendo capital privado extranjero especulativo.
Más allá de la ortodoxia teórica,
la resistencia a imponer controles a los flujos de capital transfronterizos
obedece al poder de los inversionistas. Las élites más acaudaladas,
especialmente en América Latina, son firmes defensores de la globalización
financiera porque lo han visto como una ruta de escape útil para conservar su
riqueza. Por su parte, los administradores de las corporaciones financieras
mundiales elaboraron un discurso que equiparó los controles de capital con una
expropiación, de tal manera que los gobiernos no han querido ser acusados de
violar los sagrados derechos de propiedad.
Recientemente, las restricciones
a los flujos financieros han sido menos censuradas, por ejemplo, en el caso de
Argentina a finales del año pasado. No
obstante, en el contexto actual de crecimiento anémico crónico y tasas de
interés a largo plazo persistentemente bajas, o incluso negativas, en las
economías avanzadas, existe el peligro de que los países en desarrollo se vean
tentados a buscar un mayor endeudamiento externo. Ese camino puede conducir a
una mayor volatilidad, crisis más frecuentes y menos dinamismo económico
general.
La crítica al neoliberalismo debe
incluir un examen más riguroso de la financiarización, incluyendo la necesidad
de aplicar controles de capitales, sobre todo si, como en la actualidad, priva
una incertidumbre general y los flujos cambian súbitamente de dirección. México
debe tomar en cuenta seriamente este problema y tomar las debidas
previsiones.
saulescobar.blogspot.com
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