El caso Venezuela: notas acerca de un Imperio sin cerebro
Saúl Escobar
Toledo
6 de enero de 2026
El asalto armado
perpetrado por el ejército de Estados Unidos y ordenado por el presidente Trump
la madrugada del sábado 3 de enero en distintos puntos de Venezuela violó las
leyes internacionales y las de la nación agresora. De esta manera, el gobierno
de Washington actuó como una banda de malhechores.
Como lo aclaró
el mandatario estadounidense ese mismo día en conferencia de prensa, de lo que
se trata es de apropiarse del petróleo venezolano, aunque se ponga como
argumentos la seguridad de Estados Unidos y el tráfico de drogas. Al mismo
tiempo, justificó sus acciones con base en la Doctrina Monroe y su corolario
trumpista, dando a entender que la región caribeña y latinoamericana debe ser
una zona controlada por su gobierno, y que las economías de esta parte del
mundo deben estar al servicio de su país, y de nadie más.
Los objetivos y el
sustento legal y político de la incursión armada, si se les mira con detalle,
resultan incoherentes, imposibles de concretar y, sin embargo, muy peligrosos
para el continente y el mundo.
Los dichos de
Trump, Marco Rubio y otros funcionarios de la Casa Blanca, han resultado
confusos. ¿Pretenden administrar el gobierno venezolano o solamente orientarlo
según sus deseos o intereses? ¿Negociaron o pretenden negociar con la sucesora
de Maduro, la señora Delcy Rodríguez y el gobierno chavista, o buscan
sustituirlo? ¿Cómo pretenden allegar los recursos petroleros a las empresas estadounidenses?
¿ Es rentable la industria petrolera en un corto plazo? Todas estas cuestiones
no tienen respuesta simplemente porque Trump tampoco las tiene. La
incertidumbre que hay en gobiernos, especialistas y comentaristas en el mundo acerca
del futuro de Venezuela no se explica por un secreto bien guardado de la
administración estadounidense, sino por la ausencia de un plan bien calculado.
Sus afanes
imperiales en América Latina y el Caribe, utilizando la violencia contra los
gobiernos que considere peligrosos para la seguridad de su país, tienen pocas
posibilidades de hacerse realidad en todo el subcontinente. Brasil, por
ejemplo, no es tan vulnerable como Venezuela. Incluso Argentina, Perú y Chile,
gobernados hoy o en los próximos meses por simpatizantes de Trump, difícilmente
van a romper sus lazos comerciales con China. Tampoco parece realista que el sistema
BRICs vaya a esfumarse del mapa del mundo o de Latinoamérica. Las amenazas de
Washington se han enfocado en aquellas naciones que considera más débiles como
Colombia. No obstante, en mayo de este año se celebrarán elecciones en esa
nación y bien podrían esperar sus resultados que pueden no favorecer a la
izquierda, lo que tampoco significaría que el gobierno que lo suceda esté
dispuesto a entregar incondicionalmente sus riquezas a Estados Unidos. Además, Trump a diferencia de Rubio, dijo que
Cuba “no le interesa” probablemente porque sus recursos naturales tampoco.
En el caso de
México, una intervención armada para perseguir capos mafiosos o aprender
figuras políticas o empresarios supuestamente ligados con las mafias no tiene
sentido en la medida en que la colaboración entre ambos gobiernos y sistemas de
inteligencia están trabajando aparentemente sin problemas. En cuanto a la
economía, la integración de ambos países es cada vez mayor y muchos
empresarios, poderosos e influyentes, han defendido la continuación del TMEC.
Las amenazas de Trump sirven, más bien, como medio de presión para las
negociaciones de ese tratado.
El poder militar
de Estados Unidos no es suficiente para cambiar la situación geopolítica,
particularmente de Sudamérica, la cual desde hace años se ha acercado
económicamente y en algunos casos política y estratégicamente a China. Hay
cosas que la fuerza de las armas no puede hacer.
Sin embargo, la
posibilidad de extender la violencia a otros países, como lo hizo con
Venezuela, apoyándose en aparato técnico
y militar notablemente superior a cualquier capacidad de defensa doméstica, es
real. Seguramente, esas acciones armadas carecerán de sustento legal y de un
plan estratégico: de la misma manera que un asesino serial decide elegir su
próxima víctima mediante reflexiones que no tienen que ver con la lógica o el
sentido común, sino con sus fobias, caprichos y una percepción deformada de la
realidad, Trump puede decidir perpetrar un nuevo golpe en algún lugar del mundo
incluyendo América Latina y el Caribe. Los instintos belicistas de Washington
parecen responder a un síntoma de ansiedad provocado por la debilidad cada vez
mayor de Estados Unidos en la economía mundial, lo que se ha visto reflejado,
claramente, en la pérdida de valor y de influencia del dólar estadounidense.
La
irracionalidad del “corolario Monroe” y su apuesta por la violencia unilateral
puede también dar malos resultados. Si en Venezuela, por ejemplo, se mantiene
el régimen político durante este año, más o menos sin grandes cambios, o el
petróleo no fluye a Estados Unidos tal como Trump se lo imagina o dice que lo
imagina, lo anterior se entendería como
una derrota política y diplomática. Una nueva
incursión militar, propiciar un golpe de estado o la división del grupo
gobernante, complicaría la crisis venezolana y puede resultar muy costosa en
términos de vidas humanas: la situación económica, igualmente, se vería afectada y, con ello, la explotación
del petróleo. En lo que respecta al presidente Maduro y su esposa, es probable
que el juicio dure muchos meses y no salga nada importante a relucir. Por lo
pronto, han fabricado dos mártires que, a los ojos de un sector de la opinión
pública internacional y de Venezuela, han resistido la crueldad del
imperio. Asimismo, es posible que esa estrategia provoque serias
fisuras dentro de MAGA y, sobre todo, en
el electorado estadounidense, lo cual es
de gran importancia tomando en cuenta la proximidad de las elecciones de
noviembre.
No obstante, la
imprudencia de Trump puede llevarlo a elegir muy mal el próximo golpe y desatar
una respuesta militar por parte de China, la cual tiene a Taiwán como una carta
que jugar en una crisis internacional más grave. Por su lado, Rusia se sentirá
más confiada en la medida que Trump ha utilizado como único argumento válido el
uso de la fuerza para atacar un país, derrocar a su líder y acceder a sus
recursos naturales. Incluso Europa se siente más amenazada por el deseo reiterado
del jefe de la Casa Blanca de apropiarse de Groenlandia.
Lo anterior
mostraría que estamos frente a un gobierno “idiota”, como lo calificaron desde su inicio analistas
como De Long y Krugman. Si su política comercial (mediante la elevación de
aranceles) ha resultado confusa, desordenada y de dudosos resultados, no se
puede esperar otra forma de actuar en el plano militar y diplomático. Sin
embargo, en la medida que tiene a su disposición el ejército más poderoso del
mundo, este comportamiento resulta sumamente peligroso.
El gobierno
estadounidense ha violado la legalidad internacional en otros momentos, como
Bush después de los ataques de septiembre 11 a las torres gemelas de NY, invadiendo
a países como Iraq; o como el asesinato de Bin Laden por órdenes de Obama. Pero el asunto venezolano es distinto, como ha analizado David Coyle en la revista NRB.
Argüir la legitima defensa, por el
tráfico de drogas desde Venezuela, es insostenible
para justificar una agresión militar. El flujo de estupefacientes hacia Estados
Unidos no puede equipararse a un ataque armado o una amenaza militar en su contra.
Lo mismo puede decirse en términos de la
legalidad interna, dada la falta de notificación al Congreso. La aprehensión de
Maduro tampoco puede justificar el asalto. Por un lado porque, de acuerdo con
la opinión de los expertos en derecho internacional, se trata de un presidente que goza de
inmunidad personal absoluta, conocida como
ratione personae, según lo
expresado en la Carta de las Naciones Unidas, lo que impide que sea arrestado o
juzgado por tribunales extranjeros, inmunidad que no distingue entre presidentes
“legítimos” o “ilegítimos” y que sólo tiene dos excepciones: el consentimiento
del propio Estado, o una orden de arresto de la Corte Penal Internacional. Inmunidad
que, por cierto, alegó el propio Trump
cuando trataron de juzgarlo cuando ya había dejado el cargo.
Castigar a los gobiernos
que juzga que no hacen bien las cosas o las hacen de otra manera, es un
argumento ridículo que se sostiene solamente porque EU es un país más poderoso,
militarmente, que cualquier nación latinoamericana y caribeña. El ejemplo de la
aprehensión de Noriega en 1989 puede ser un antecedente; sin embargo, en este caso, el personaje no era un mandatario
electo y Washington no se propuso retomar el control del Canal o apropiarse de
alguna de sus riquezas naturales. Además, en aquel momento, la Asamblea Nacional
había declarado a Panamá en estado de guerra contra Estados Unidos.
Horas negras
esperan a América Latina y quizás al mundo mientras Trump esté al mando. Pueden
ser muchas, o quizás menos de las que hoy imaginamos. Dicen que los locos no
comen lumbre, quizás los idiotas lo hagan: ojalá que sea pronto y paguen las
consecuencias de sus actos.
saulescobar.blogspot.com
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