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miércoles, 6 de mayo de 2020

Un primero de mayo en reclusión


Un primero de mayo en reclusión (y en soledades)

Saúl Escobar Toledo

Ese día las calles estuvieron vacías. Los trabajadores no marcharon. Por primera vez en toda la historia de México, desde el primer primero de mayo de 1913, sólo algunas voces representativas del movimiento obrero se pudieron escuchar por medio del internet. El gobierno, por su parte, en Palacio Nacional, rememoró la fecha frente a un puñado de reporteros, sin la presencia de alguna representación sindical. La razón fue evidente: la epidemia estaba (y está) en la fase más peligrosa. Llevar a cabo una concentración de personas, sobre todo en la capital del país, representaba un serio peligro de contagio masivo.
Un panorama similar se observó en muchas partes del mundo, pero ello no debe ocultarnos el hecho de que, a pesar de todo, las organizaciones de los trabajadores siguen vivas. Tal cosa podría parecer intrascendente. No lo es si tomamos en cuenta que están enfrentando, todos los días y en la vida real, una lucha singular: defender la vida frente a la presión de las empresas para echar andar las máquinas, lo más pronto posible, sin proteger debidamente la salud de sus empleados; y, al mismo tiempo, tratar de evitar los despidos, las reducciones salariales y los recortes de los contratos colectivos. Lo están haciendo como pueden, en condiciones muy adversas. En muchos casos, sin la presencia física de sus dirigentes y en otros negociando con los representantes patronales.
En México, ante la ausencia casi total de sindicatos representativos, son los trabajadores, de manera directa, sin el respaldo de sus gremios, los que están dando la batalla. Como sucede en las maquiladoras del norte del país, los obreros se niegan a entrar a trabajar, protestan dentro o fuera de la fábrica, y dan a conocer su situación con grandes dificultades. Son también, junto con el personal de salud que busca salvar vidas, los héroes de estas jornadas, aunque su reconocimiento sea muy escaso.
Desgraciadamente, las presiones serán cada vez más fuertes. La acumulación de días sin el acceso a insumos, sin producción y sin ventas harán más imperiosa la necesidad de “volver a la normalidad”. Los trabajadores, de igual manera, resentirán cada vez más la necesidad de acudir al trabajo ante el riesgo del despido o la falta de ingresos.
Lo que viene será más difícil. Una confrontación más intensa y al mismo tiempo más desigual. Ante ello, el papel de los gobiernos y los juzgados laborales será muy importante. La política laboral deberá regirse en primer lugar por el objetivo de salvar vidas y no por las presiones de nuestros socios comerciales. De ahí la urgencia de llevar a cabo un programa de rescate mediante un salario o ingreso básico dirigido a las familias más pobres, y legislar un seguro de desempleo. Sin estos instrumentos, no hay muchas opciones para los trabajadores, quienes pueden caer presa de la enfermedad, la pobreza, o de ambas.
Frente a esta situación, vale la pena recordar los pronunciamientos hechos este primero de mayo. La declaración del gobierno de la república aludió a los logros obtenidos: una nueva política de salarios mínimos que ha logrado la recuperación de su valor en un 35%; la reforma laboral que busca “pasar de los contratos de protección, de la corrupción sindical,… a la autonomía e independencia de los sindicatos para que sean fuertes y defiendan a los trabajadores”; el programa de capacitación Jóvenes Construyendo el Futuro; el principio de proporcionalidad de género en la representación sindical; el programa piloto para incorporar a las y los trabajadores del hogar a la seguridad social. También se comprometió a erradicar las prácticas ilegales de la subcontratación.
Sin embargo, todos esos avances, sin duda importantes, ya existían antes de esta crisis. En cambio, a pesar del reconocimiento de estos “momentos difíciles”, no hay ninguna medida adicional que responda a la nueva situación.
Por su parte, las organizaciones independientes, particularmente la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), la Nueva Central de Trabajadores (NCT), así como la Confederación Internacional de Trabajadores (CIT), aunque esta última de manera más discreta pues no planteó ninguna agenda o programa frente a la crisis, difundieron sus propios manifiestos. La UNT puso en el centro la necesidad del diálogo social y el establecimiento de un Acuerdo Nacional que conduzca a un nuevo Pacto Social. Además, entre otras cosas planteó:  control de precios de medicamentos y alimentos de la canasta básica; suspensión temporal de cobro de créditos de Infonavit, Fovissste y Fonacot; establecimiento del seguro de desempleo; erradicar el outsourcing (seguramente se refieren a la subcontratación laboral); y solución a los conflictos laborales: Notimex, Chapingo, UNTyPP y Universidad Michoacana. Sorprende que no haya sugerido ningún apoyo especial para los trabajadores informales o para las familias más afectadas por la crisis.
Por su parte la NCT llamó en primer lugar  a una Convención Nacional Democrática de los Trabajadores y a la solución de las huelgas existentes y  propuso un  Seguro de Desempleo Universal para el sector formal e informal; la abrogación del outsourcing (subcontratación); un Ingreso Básico Universal para las familias de bajos recursos; la suspensión temporal de pago de hipotecas y rentas domiciliarias; la abrogación del sistema de AFORES y el restablecimiento de una sistema solidario de jubilaciones; nacionalización de empresas que cierren total o parcialmente; la suspensión de pagos de la deuda externa; y a detener los mega proyectos (seguramente en alusión  a los planes del gobierno anunciados por el presidente: la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya, y el corredor transístmico). Hay que destacar, finalmente que la NCT se manifestó por una negativa a “los pactos promovidos desde el empresariado y el sindicalismo corporativo”.
Aunque existen varias coincidencias entre estas dos organizaciones, aparentemente la discrepancia mayor puede encontrarse en el llamado a un Acuerdo Nacional. Probablemente también en otros asuntos como la nacionalización de empresas; la suspensión del pago de la deuda externa y la oposición a los megaproyectos. Estas últimas posibles diferencias quizás podrían zanjarse o ponerse a un lado en aras de la unidad.
Sin embargo, lo que más llama la atención de los discursos de las partes aquí citadas es la ignorancia que se manifiestan. El gobierno señala que todos debemos “ser solidarios y corresponsables” pero no hace un llamado al diálogo, la colaboración, o el apoyo de los sindicatos para enfrentar la crisis. Ni a los agrupamientos más representativos ni a aquellos que encarnan mejor la corrupción y el sindicalismo de protección que, asegura, será combatido por la reforma laboral. Por su parte, la UNT y la NCT no aluden directamente al gobierno de la república ni al Congreso de la Unión. Tampoco aceptan ni rechazan la política laboral llevada a cabo hasta ahora, y por lo tanto no hacen una evaluación de sus logros o fallas.   Además, ninguna de las dos agrupaciones independientes se reconoce mutuamente como, por cierto, lo hicieron muchas veces en el pasado inmediato en ocasión del 1o de mayo. Como si nunca se hubieran visto.
Esta indiferencia mutua representa algo más que un calculado desdén. Nos habla de la existencia de un posible desconcierto. El gobierno de la república ha decidido llevar a cabo un plan que no quiere poner a discusión pública. Las organizaciones democráticas, por su parte, tampoco se han propuesto en serio un diálogo que permita  construir la unidad del sindicalismo ni desatar acciones conjuntas para imponer una agenda legislativa que incluya algunos planteamientos en los que hay consenso, como el seguro de desempleo. Cosa, esta última, muy urgente y necesaria.
Los agrupamientos sociales democráticos pueden y deben impulsar la unidad y la búsqueda de acuerdos.  El gobierno más tarde o más temprano tendrá que responder a sus exigencias. Lo malo es que, soliloquios aparte, el tiempo apremia…
saulescobar.blogspot.com







lunes, 27 de abril de 2020

¿Dos estrategias frente a la crisis? La política sanitaria y la económica: ¿se complementan o se divorcian?















Artículo aparecido en Brújula Ciudadana 

Manifiesto

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No, no están todos. Faltan programas de apoyo para los trabajadores despedidos


No, no están todos

Saúl Escobar Toledo

El programa económico del gobierno presentado hace unas semanas representa, sin duda, un gran esfuerzo por proteger a algunos sectores de la población más necesitados. El sábado pasado, 18 de abril, el presidente reiteró las medidas que se están poniendo en práctica en un video grabado en el cual, además, desmintió a TV Azteca y volvió a dar su apoyo al subsecretario de salud, López Gatell.
Sin duda, la campaña de la televisora y de otros medios de comunicación, personas y asociaciones de diverso tipo contra las medidas sanitarias dictadas por la autoridad correspondiente no reparan en el daño que pueden causar. Alimentan conductas que rechazan la reclusión hogareña y la sana distancia y, al mismo tiempo, fomentan el miedo de que los hospitales y el personal sanitario no sean capaces de atender a los enfermos. Estas campañas defienden, sin duda, intereses políticos y económicos particulares.  Sus expresiones, a menudo hechas con ligereza, forman parte de un ambiente político tenso que demuestra que la pandemia no ha detenido la lucha por el poder. La crítica a las políticas públicas no sólo es admisible; es necesaria para fortalecer programas y advertir debilidades. Ésta, sin embargo, no debería convertirse en un instrumento para agudizar las calamidades que no sólo azotan a México sino al mundo entero. En cambio, aquellas propuestas que tienen como objetivo fortalecer las respuestas gubernamentales deben ser valoradas justamente.
Es el caso del programa económico. En varias ocasiones, incluyendo el mensaje del sábado pasado, el presidente se ha referido a los apoyos otorgados por su gobierno. Dijo que, ante el alargamiento de la reclusión domiciliaria, el plan es dar apoyo a 60% de los hogares “para empezar”. Las prioridades son los más pobres y una parte de la clase media. Mencionó tres formas de apoyo: primero, intensificar la entrega de algunos beneficios, de tal manera que hasta el 10 de abril se habían repartido 46 mil millones de pesos (mmp) a 8 millones de adultos mayores y a 1 millón de niños y niñas con discapacidad; entre mayo y junio se dispersarán un total de 50 mmp. La segunda forma consiste en 3 millones de créditos para la economía formal e informal, sobre todo para microempresas y trabajadores por su cuenta con una tasa de interés de 6.5% (incluyendo ahora a180 mil pescadores) y apoyos para 250 mil agricultores, así como mayores recursos para “Jóvenes construyendo el futuro”.  La tercera se materializa en 11 millones de becas para estudiantes.
Así pues, estará cubierta una parte de la población afectada, pero no toda. Falta un sector muy importante: los trabajadores asalariados que ya perdieron, perderán su empleo o verán rebajados sus ingresos debido a reducciones en la jornada laboral tanto en las ramas económicas más modernas como en las menos desarrolladas. Entre estas últimas predominan grupos tan vulnerables como los trabajadores que sirven a un patrón, pero no cobran salario (propineros); los jornaleros rurales; las trabajadoras del hogar (y cuidadores de personas) sin seguridad social; y los trabajadores informales asalariados (no inscritos en el seguro social).
Es evidente que este universo no está compuesto fundamentalmente por adultos mayores, niños con discapacidad, estudiantes, o jóvenes aprendices. Tampoco hay que confundir a los trabajadores de las microempresas con el sector de informales que labora al servicio de un patrón sin seguridad social. En algunos casos pueden coincidir, pero no en todos. Además, no es lo mismo otorgar un crédito al dueño del changarro que una ayuda directa al trabajador que no tendría que ser devuelta posteriormente. 
Para ilustrar mejor el asunto, podemos poner de ejemplo el proyecto de ley aprobado recientemente en la Cámara de Diputados de Brasil iniciado por la oposición al presidente Bolsonaro y que logró el apoyo de la mayoría. Aunque falta la ratificación del senado y el mandatario podría vetarla, es un interesante ejemplo de lo que se puede hacer para combatir los efectos de la crisis entre la clase trabajadora.
Debe aclararse que en Brasil existe un seguro de desempleo financiado con los impuestos generales pero administrado de manera tripartita. Sin embargo, la magnitud del daño que está causando la pandemia y la recesión económica han llevado a instrumentar un programa adicional, financiado enteramente con recursos públicos, que consiste en una ayuda de 600 reales, unos 110 dólares estadounidenses ($US), por tres meses que puede duplicarse a $US 220 dólares en caso de hombres o mujeres solteros, jefes de hogar (incluyendo madres adolescentes menores de 18 años). La ley contempla la posibilidad de alargar el período de ayuda si continua la pandemia.
Este beneficio sólo lo podrán recibir aquellos que tengan un ingreso mensual por persona de hasta la mitad de un salario mínimo (aproximadamente $US 100 dólares) o un ingreso familiar de hasta tres salarios mínimos ($US 300 dls.).
El programa está destinado a microempresarios, pero también a personas desempleadas o trabajadores informales que se inscriban voluntariamente mediante una plataforma digital proporcionada por el gobierno o que ya estén dados de alta en el registro de contribuyentes. Las categorías laborales son numerosas, entre ellas: pescadores, agricultores, miembros de cooperativas, camareros, taxistas y repartidores (incluyendo los de aplicaciones digitales como Uber y Didi), camioneros, trabajadores de limpieza; agentes y guías de turismo, técnicos de espectáculos y entretenimiento, profesionales, trabajadores deportivos, fisioterapeutas, nutricionistas, psicólogos, etc.
De esta manera, el proyecto abarca a un conjunto de trabajadores que no pueden ser beneficiarios del seguro de desempleo, aunque se trate de asalariados, porque su contratación es muy precaria pues laboran como eventuales, subcontratados, subocupados, o sin registro fiscal.
En México, en cambio, no contamos ni con un seguro de desempleo ni se ha previsto hasta ahora una ayuda directa y en efectivo a los trabajadores asalariados despedidos (que contaban con una plaza estable) o desocupados, especialmente a los más vulnerables.
Si no se avanza en ambos sentidos, una cantidad que puede llegar hasta un 40% de la población asalariada total puede verse desamparada completamente. Y en el caso de las microempresas (que suman 14 millones de personas empleadas) podrían recibir ayuda sólo la mitad en el mejor de los casos y de manera indirecta, a través de un crédito al dueño del establecimiento.
Los efectos de este abandono serían muy graves y sin duda aumentarían la pobreza y la misma crisis económica por la caída de la demanda. Como se ha señalado en este espacio y por parte de distintos especialistas, el costo de estos programas no representaría una carga exagerada (alrededor de un punto porcentual del PIB). Tendría la ventaja, además, de reabrir un debate iniciado en 2014, que no concluyó, sobre el seguro de desempleo. Hay que recordar que este instrumento de política laboral existe desde hace tiempo en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay, Chile y Venezuela en América Latina, y en casi todos los países desarrollados, con modelos de financiamiento y de implementación distintos. Y, también, que este seguro ha sido una promesa olvidada desde el constituyente de 1917. Otra propuesta que se ha manejado es el Ingreso Ciudadano Universal o Renta Mínima Vital como el que ha sido anunciado en España hace unos días. Sin embargo, este último supondría la eliminación de varios programas de ayuda en efectivo que ya están operando (para no duplicar las transferencias) y un esfuerzo fiscal mayor. Como quiera que sea, está claro que, ante los estragos de la crisis presentes y venideros, no todos están todavía incluidos en los planes del gobierno. Esperemos que lo estén pronto.  Aprovechando una de las frases del presidente podríamos decir ahora, “por el bien de todos, primero los trabajadores pobres”.


miércoles, 8 de abril de 2020

El proyecto económico del gobierno: mantener la ruta original en un mundo que ya cambió.


El proyecto económico del gobierno: mantener la ruta original en un mundo que ya cambió.

Saúl Escobar Toledo

Este año, la economía mundial sufrirá una severa contracción como resultado del freno de diversas actividades económicas y la pérdida de ingresos de muchos trabajadores. Tal es el diagnóstico que comparten académicos y especialistas críticos y partidarios de la globalización neoliberal; organismos multilaterales con una orientación más progresista (como la UNCTAD) o tradicionalmente conservadora (como el FMI); y organismos privados y públicos.
Por ello, desde hace unas semanas se han anunciado paquetes de estímulos económicos de una escala sin precedentes en diversos países desarrollados y en China. Es el caso de Australia, que anunció un paquete equivalente a casi diez puntos porcentuales del PIB para los próximos cuatro años; Canadá (6% del PIB); Alemania (4.5%); y Estados Unidos con un combo que representa más del 10% de su producto interno bruto.
Todo ello, advierte por ejemplo la UNCTAD, no impedirá la recesión mundial, pero hay la esperanza de que evite una larga depresión. En el caso de los países en desarrollo, sin embargo, las cosas pueden ser más complicadas porque enfrentan diversas presiones que les impiden llevar a cabo paquetes de estímulos de gran escala:  salida de divisas, devaluaciones y los desequilibrios de la balanza de pagos. El FMI reconoce, incluso, que las economías emergentes que enfrenten la fuga de capitales “necesitarán donaciones y financiamiento de la comunidad internacional” y, si es necesario, “aplicar controles de capitales”.  Éste es el panorama internacional. En cuanto a las medidas internas, se ha señalado que cada país necesitará, por lo menos:
1) comprometer todos los recursos necesarios para combatir la pandemia: según el FMI podrían ser necesarias incluso acciones “intrusivas” por parte de los gobiernos para la provisión de suministros fundamentales, celebrando contratos públicos para la compra de insumos esenciales y productos finales, y  la reconversión de industrias o nacionalizaciones selectivas.
2) Proporcionar suficientes haberes a las personas afectadas por la crisis. Los hogares que pierdan parte de sus ingresos debido al confinamiento en los hogares  y al paro técnico provocado por la caída del comercio internacional, necesitarán apoyo gubernamental. Este apoyo debe contribuir a que la gente mantenga sus empleos (y sus salarios y prestaciones). Los apoyos por desempleo (en caso de que exista un seguro de desempleo) deben ampliarse y extenderse. Es necesario también que las transferencias de efectivo lleguen a los trabajadores independientes.
3) Los gobiernos deben proporcionar un apoyo especial a las empresas privadas, incluyendo el aplazamiento del pago de impuestos; subsidios para mantener el empleo; y programas de préstamos y garantías por la banca privada y pública. Estos apoyos deberán concentrarse en las micros y pequeñas empresas.
En una palabra, hay que garantizar que las redes económicas y comerciales se preserven y que la disminución de los ingresos de los hogares sea la menor posible, pues de ello dependerá que la recuperación tarde menos y la pobreza no se extienda tanto. En términos más técnicos, evitar un shock tanto del lado de la demanda como de la oferta.
Hay que subrayar el cambio de paradigma que todo esto supone: una mayor intervención del sector público especialmente mientras persistan las circunstancias excepcionales derivadas de la pandemia. Ello podría incluir niveles de deuda pública más altos e incluso nuevas empresas y ramas productivas bajo control público. Es la hora del control del Estado sobre el mercado.
En el caso de los países en desarrollo, a pesar de las dificultades y riesgos por su exposición financiera, algunos gobiernos han tomado ya medidas desde el mes pasado:
Argentina, por ejemplo, desde el 23 de marzo anunció un paquete que equivale al  2% del PIB.  En Brasil las autoridades anunciaron una serie de disposiciones que representan el  3.5%. El gobierno de Chile por su parte presentó un conjunto de medidas de alrededor de 4.7% del PIB. Perú anunció un paquete de 12% (habrá que comprobar su implementación).
En México, el pasado domingo 5 de abril, el presidente López Obrador anunció una serie de medidas económicas que suman cerca de 400 mmdp, es decir, alrededor de 1.6% del PIB.  Algunos rubros ya estaban contemplados en el presupuesto. Otra parte representa créditos cuyo impacto tomará un tiempo que hoy no se puede precisar debido a que no sabemos cuándo remitirá la pandemia, como es el caso de la vivienda. Lo mismo puede decirse del número de empleos anunciados como resultado de la inversión pública.
Comparado con otros países que, incluso atraviesan por situaciones más problemáticas, el esfuerzo se ve más modesto. Faltan, además, algunas cosas:
Apoyo a trabajadores y hogares: un seguro de desempleo que tendría que ser legislado de inmediato o en su defecto apoyos en efectivo a las personas asalariadas despedidas o en paro técnico, y a trabajadores por su cuenta especialmente del sector informal.
Apoyos a PYMES: no sólo créditos directos, también aplazamientos y exenciones de impuestos y cuotas a la seguridad social.  
Para evaluar el tamaño del esfuerzo que se requiere debemos tomar en cuenta el universo de trabajadores asalariados más vulnerables y las microempresas existentes en México. En el primer caso tenemos, en número redondos de manera gruesa, y sin mucho rigor en el conteo, alrededor de 15 millones (un 28% de la población total ocupada) de trabajadores que están en peligro de sufrir una reducción prolongada de sus ingresos (desempleados, subcontratados, propineros, trabajadores informales por cuenta propia, etc). Para estos 15 millones, es indispensable llevar a cabo un programa especial consistente en otorgar transferencias directas, por ejemplo un salario mínimo diarios por tres meses. Ello equivaldría a 166 mil millones de pesos (0.7% del PIB).
Por otra parte, los micronegocios que trabajan con hasta 10 personas representan el 95% de todos los establecimientos y emplean al 38% del total de personas. Es decir, estamos hablando de alrededor de 5 millones 900 mil microempresas  que dan sustento a 13.3 millones de personas.
Para este universo, el programa anunciado por el presidente prevé 3.4 mmdp, es decir, teóricamente, unos 576 pesos por establecimiento. Si lo multiplicáramos por 10, para poder otorgar 5 760 pesos por cada changarro, ello daría un total de 34 mil mmdp, es decir un 0.14% del PIB
En total, los dos programas representarían una cantidad equivalente al 0.8-0.9% del PIB, unos 200 mil millones de pesos adicionales. Sumado a lo que se anunció el domingo, el total aumentaría a 2.5% del PIB.
Para financiarlo se requeriría más o menos lo que la Secretaría de Hacienda señaló en los llamados pre-criterios 2021 entregados al Congreso de la Unión por mandato legal hace unos días, pues consideraba que los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) ascenderían a 4.4% del PIB (contra 2.6% originalmente aprobado). Sin embargo, el presidente no estuvo de acuerdo con estas propuestas.
Puede decirse entonces que el programa anunciado el domingo no se basó en la idea de la UNCTAD de hacer todo lo que se tenga que hacer, sino en otra estrategia: hagamos lo que podamos con lo que hay a la mano.
Esta estrategia no corresponde a la sanitaria, pues en este caso las autoridades del sector salud advirtieron desde el principio que, dado que la pandemia pegará al país, ineludiblemente, en forma drástica, en un futuro cercano (la llamada fase tres), había que prepararse con suficiente anticipación con medidas severas de confinamiento y suspensión de actividades (aplicadas desde el 24 de marzo).
En materia económica se ha elegido otra ruta: mantener, en lo fundamental, el proyecto original; adoptar un escenario más optimista; y llevar a cabo, en el mejor de los casos, una actuación postcrisis. Pronto veremos cuáles son los resultados de ambas estrategias.
saulescobar.blogspot.com

miércoles, 25 de marzo de 2020

La política económica frente a la pandemia: apuntes iniciales


Un apunte sobre la política económica frente a la pandemia

Saúl Escobar Toledo 

La propagación del coronavirus representa en primer lugar una amenaza sanitaria pero también un riesgo económico. La UNCTAD, el organismo más importante de la ONU para el desarrollo ha anunciado que los efectos del Covid 19 desatarán una recesión en algunos países y un menor crecimiento en otros. La duración y la profundidad de la crisis dependerán de la gravedad del contagio pero, asimismo, de la eficacia de las políticas públicas. La caída de la producción puede tener la forma de una V, es decir, de corta duración. O puede tener la forma de una U, lo que significaría una recesión más prolongada.
Para diseñar una política económica adecuada, la UNCTAD considera que es necesario tomar en cuenta los tres canales de la disrupción: la demanda, la oferta y el sector financiero.
En el primer caso, las reclusiones y aislamientos de las personas están provocando un menor consumo sobre todo en el sector servicios: turismo, restaurantes, etc. En el lado de la oferta, la suspensión de actividades y el ausentismo forzado en algunas ramas manufactureras en las localidades más contaminadas por el virus tendrán efectos a nivel global. La caída de exportaciones de bienes finales y de materias primas y otros insumos, afectarán a las empresas y el empleo en varias partes del mundo. En cuanto al sector financiero, el principal problema es el endeudamiento público y corporativo en muchos países, y un sistema dedicado a la especulación y la evasión fiscal.
La respuesta apropiada tiene que atender estos canales. Los gobiernos deben aumentar su gasto, comprando bienes esenciales para combatir la enfermedad e invirtiendo en otros rubros como la industria de la construcción, pero también realizando transferencias directas en efectivo a la población más necesitada.
Resulta fundamental tomar en cuenta que, en estos momentos, a pesar de los problemas del lado de la oferta, se requiere sostener la demanda, aunque para ello los gobiernos tengan que recurrir a un mayor endeudamiento. En cambio, la UNCTAD no recomienda llevar a cabo rescates o transferencias directas a las empresas.
Por otro lado, será necesario facilitar el otorgamiento de créditos directos a la producción sobre todo mediante los bancos de desarrollo. Instituciones multilaterales como el FMI deben ofrecer, igualmente, mecanismos de bajo costo para financiar a los países menos desarrollados. Una moratoria de la deuda pública externa para las naciones más necesitadas tiene que ser considerada.
Dicho en otras palabras, las políticas económicas aplicables deben partir del reconocimiento de que la pandemia está agravando otra enfermedad mayor de nuestro tiempo: la creciente y excesiva desigualdad económica y social.
Por ello, será necesario ayudar primero a las personas más vulnerables al virus y a la recesión productiva. Desde una óptica laboral, de cara a la emergencia, se pude partir  del esquema de Milanovic y tomar en cuenta cinco grupos de trabajadores: a) doctores y personal médico; b) empleados formales  en el  sector servicios  (sobre todo en el  comercio de bienes de consumo); c) obreros industriales y trabajadores rurales; d) profesionales y personas que pueden laborar  a distancia (desde su casa); y e) trabajadores informales por su cuenta de todo tipo, principalmente aquellos que se verán afectados por la caída del consumo.
El problema es que, para evitar contagios, los trabajadores deberían laborar menos tiempo o de plano irse a sus casas y recluirse. Sin embargo, en el caso de a), ello sería catastrófico; en lo que toca a b), su ausencia puede generar un desabasto de alimentos y bienes esenciales; si los empleados de c) faltan a sus labores ello puede repercutir en una menor demanda y oferta de bienes; y en referencia a e), la falta de ingresos puede conducirlos a buscar otras fuentes igualmente peligrosas desde el punto de vista sanitario o ser víctimas de una grave crisis social. Los únicos que no se verán afectados sensiblemente son los d).
Por ello, es indispensable buscar un equilibrio entre mantener activos a algunos trabajadores y recluir a otros. No se puede ni mandar a todos a su casa ni dejar que las cosas funcionen como si nada pasara. Hay que tratar de mantener la actividad económica, aunque desde luego a un menor ritmo, tanto como sea posible.
La cuestión radica entonces en explorar si se puede lograr un mejor equilibrio entre reclusión y trabajo, entre mantener una parte de la actividad económica y combatir la propagación del virus.   
Según algunos especialistas, como Wan Manan y Nazihah Noor, expertos en salud pública, la experiencia de Corea del Sur (y de Japón y Taiwán) mostraría que se puede controlar el Covid-19 (la tasa de mortalidad aquí ha sido menor al 1%) y al mismo tiempo evitar la asfixia de las actividades económicas y sociales. Las autoridades de ese país alegan haber adoptado un modelo diferente al del occidente, basado, por un lado, en restringir reuniones masivas y cerrar escuelas pero, además,  en cuidar selectivamente a la población en mayor riesgo y promover mecanismos de diagnóstico temprano y eficiente, lo que requiere la participación de las personas y las familias (no sólo del gobierno). La respuesta de estos países en materia económica sugiere también la necesidad de un estado fuerte que actúe con decisión para reasignar recursos y mano de obra, de tal manera que las empresas produzcan lo que más se necesita en estos momentos. Con base en la experiencia asiática, recomiendan a los gobiernos considerar diversas opciones y actuar con prudencia, no bajo la presión del pánico. De esta manera, señalan, se podría evitar que las medidas sanitarias y sus consecuencias económicas afecten a más personas que la propagación del virus
Podemos entonces sacar algunas conclusiones para el caso de México. Se requiere: 1) mantener un consumo responsable; 2) cuidar que no se desplome la oferta de productos y servicios más necesarios; 3) conducir una política de créditos agresiva para sostener la oferta y la demanda efectiva. Para ello, el gobierno debe aumentar su gasto corriente y sus inversiones en infraestructura en el sector salud y en aquellas ramas productivas que considere necesarias. Adicionalmente, elevar las transferencias directas de efectivo a la población más vulnerable: adultos mayores y trabajadores sin protección social. En materia de política fiscal, hay que subrayar que México tiene un nivel de deuda menor que otros países, por lo que hay que olvidarse de los parámetros previstos antes de la epidemia. Desde luego dejar a un lado la meta del déficit presupuestal de 2.1%, reorganizar el presupuesto y revisar las alternativas de financiamiento. También habría que pensar en una reducción del IVA. El crédito a las empresas por parte de la banca de desarrollo deberá aumentarse de manera programada sobre todo en la medida en que la enfermedad vaya cediendo.
En materia laboral, habrá que hacer nuevas contrataciones para el sector salud (que no requieran una capacitación prolongada) y fortalecer la seguridad de sus condiciones de trabajo; proteger con medidas sanitarias a los trabajadores del sector servicios, sobre todo de distribución, comercialización  y venta de productos alimenticios y de consumo final más indispensables, y tratar de evitar despidos o vacaciones forzosas no pagadas;  garantizar la estabilidad laboral de los obreros  de las manufacturas (y la agricultura),  y los pagos correspondientes por enfermedades y paros técnicos. Un caso aparte son las personas que trabajan por su cuenta en la informalidad, a los cuales se le debe garantizar su atención médica gratuita, ayudarlos a mitigar la caída de sus ingresos con medidas generales (reducción de IVA) o selectivas (transferencias en efectivo focalizadas).
Llevar a cabo acciones que aminoren la caída económica y al mismo tiempo eviten los contagios del virus, requiere la confianza de la ciudadanía en sí misma, en las instituciones y en la información de fuentes confiables.
La capacidad del gobierno para atender todos estos rubros será (siempre lo es) limitada. La clave del éxito no reside en la escasez sino en la capacidad del gobierno y del estado mexicano para actuar con habilidad, conocimiento y decisión. Y en la solidaridad de los ciudadanos para no sólo ver por sí mismos sino también por los más necesitados.

saulescobar.blogspot.com



miércoles, 11 de marzo de 2020

Los orígenes del 8M, el Día Internacional de la Mujer: la verdadera historia


Los orígenes del 8M: la verdadera historia

Saúl Escobar Toledo


Según las fuentes históricas disponibles, todo empezó en 1908 cuando el Partido Socialista de los Estados Unidos propuso a su Comité Nacional de Mujeres hacer campaña por el sufragio y organizar diversas movilizaciones para exigir ese derecho, aún inexistente por aquel entonces, pues la reforma constitucional se logró hasta 1920.   Con ese propósito, la sociedad de mujeres de la Ciudad de Nueva York celebró una reunión masiva el 8 de marzo de ese año.
Por su parte, el Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección (ILGWU por sus siglas en inglés) había venido desatando una ola de huelgas desde finales del siglo XIX en esa misma ciudad ya que era uno de los centros de confección de ropa más importante de Estados Unidos. Nueva York era entonces un agitado punto de encuentro de diversos movimientos.
En 1909, las socialistas estadounidenses celebraron otro mitin muy concurrido en esa ciudad el 23 de febrero y declararon que, a partir de entonces, el último domingo de febrero celebrarían el Día Nacional de la Mujer.
Los partidos socialdemócratas europeos supieron del éxito de la iniciativa de las estadounidenses y en su Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en 1910 en Copenhague, discutieron el asunto. La delegada por Alemania, Luise Zietz propuso que la Conferencia proclamara un “Día Internacional de la Mujer” que se celebraría anualmente. Clara Zetkin, una de las dirigentes más importantes de la socialdemocracia europea apoyó la propuesta y la Conferencia la aprobó por unanimidad.
Clara era una de las dirigentes del movimiento de mujeres más destacada en Europa. Desde 1894 tenía a su cargo la revista Die Gleichheit (La Igualdad) que había fundado para que la socialdemocracia alemana tuviera un órgano de expresión sobre estos temas y   discutiera con otras corrientes feministas. Luego, ella misma se encargó de organizar las conferencias de mujeres de su partido y posteriormente las Conferencias Internacionales.
Todas estas actividades estaban destinadas a los partidos socialistas, a las organizaciones de mujeres y a las asociaciones de trabajadoras que “respaldan la lucha de clases”. Para Clara y las dirigentes socialdemócratas, “el feminismo burgués y el movimiento de las mujeres proletarias (eran) dos tendencias completamente diferentes”.
La resolución que fue adoptada en Copenhague decía textualmente:
“Las mujeres socialistas de todas las nacionalidades tienen que organizar un Día de la Mujer (Frauentag) en el que se debe, sobre todo, promover la propaganda por el sufragio femenino. Esta demanda debe discutirse ligada a la problemática de la mujer en su conjunto, de acuerdo con la concepción socialista”.
No se propuso, entonces, una fecha precisa y más bien se afirmó el objetivo central del movimiento: el derecho al voto. Lo que si es evidente es que las europeas tenían en mente vincular esta demanda con los postulados del socialismo y que veían a las trabajadoras como la vanguardia de ese movimiento.
Con base en esta resolución, decidieron movilizarse el 18 de marzo de 1911 debido a que ese día se recordaba el 40 aniversario de la Comuna de París. Uno de los eventos más importantes tuvo lugar en Viena. La manifestación en la capital de Austria se llenó de banderas rojas y pancartas que exigían las principales demandas femeninas por la igualdad. 
Por su parte, las mujeres socialistas de EU siguieron celebrando el Día de la Mujer en febrero. En 1911, se reunieron el día 25 porque era sábado. Sin embargo, también se unieron a la proclama de Copenhague para la celebración de un día internacional de la mujer.
Un mes después de esta reunión, el 25 de marzo de 1911 ocurrió el incendio de la fábrica de ropa Triangle Shirtwaist Factory, ubicada en el vecindario Greenwich Village de Manhattan, Nueva York. Fue el desastre industrial más mortífero en la historia de la ciudad y uno de los más terribles en la historia de los Estados Unidos.  El incendio causó la muerte de 146 trabajadores de la confección, 123 mujeres y niñas y 23 hombres que murieron a causa del fuego, inhalación de humo o saltos mortales, pues las puertas de la fábrica habían sido cerradas con candados. La mayoría de las víctimas fueron inmigrantes italianas y judías recién llegadas y en su mayoría muy jóvenes:  de entre 14 a 23 años.
La coincidencia entre las movilizaciones obreras, el incendio de la fábrica en Nueva York, las manifestaciones por el sufragio en Estados Unidos, y la decisión de la Conferencia de Copenhague, alentaron la lucha de las mujeres. Aunque no hay datos que nos permitan asegurar que todos estos movimientos estaban coordinados o tenían lazos orgánicos, sin duda confirmaron la idea de que las mujeres sufrían de una discriminación inadmisible en la vida política y en las relaciones laborales.
En los años posteriores, el movimiento de las mujeres, sobre todo en Europa, fue interrumpido por la Gran Guerra. Este terrible acontecimiento, además, dividió a la socialdemocracia europea. Algunos partidos se quedaron en la II Internacional mientras que otros rompieron definitivamente y decidieron emprender su propio camino.
Uno de estos últimos fue el partido bolchevique. A principios de 1917, tuvo lugar una gran movilización de mujeres organizada principalmente por esa fracción del partido socialdemócrata ruso.  Por razones seguramente ligadas a la situación imperante, pues la carestía se había disparado y faltaba comida en todos lados debido a la guerra en curso, la manifestación fue convocada el 23 de febrero (según el calendario gregoriano), es decir, 8 de marzo en Occidente. 
La manifestación fue disuelta a balazos y  se convirtió en una insurrección que continuó varios días después. Fue el inicio de la llamada Revolución de Febrero que llevó a la abdicación del Zar y a una nueva etapa que culminaría en octubre con la toma del poder por parte de los bolcheviques.
Los acontecimientos en Rusia sirvieron para que definitivamente se adoptara el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer en Europa y luego en América y el resto del mundo.
En junio de 1921, una vez que había triunfado la revolución y que ésta había reagrupado a todos los partidos disidentes de la II Internacional, en una nueva organización, la Internacional Comunista, se llevó a cabo la Segunda Conferencia Mundial de Mujeres en Moscú. La presidenta de la reunión fue Clara Zetkin, quien ya había roto también con la socialdemocracia alemana y se había pasado al lado de los partidos comunistas.  En sus resolutivos se proclamó que el Día Internacional de la Mujer se celebraría en todo el mundo el 8 de marzo, en buena medida debido al recuerdo y el ejemplo de la lucha de las mujeres en la Revolución de Febrero.
Como puede verse, el 8M tuvo diversas influencias: la lucha por el sufragio femenino, pero también un activismo ligado a la lucha socialista y obrera. Aunque la idea original surgió en Nueva York, pronto fue adoptada por las socialistas europeas y luego por las mujeres rusas. Durante el siglo XX, otras corrientes feministas que no se identificaban con el socialismo,  con las comunistas o las luchas obreras, intentaron organizar eventos en otras fechas En México, por ejemplo, se tienen noticias de que en 1961,  Amalia de Castillo Ledón (miembro del PRI y conocida por haber abanderado  el reconocimiento del derecho al voto femenino) y la dramaturga Maruxa Villalta, convocaron a varias mujeres destacadas con el objetivo de establecer el 15 de febrero como el Día de la Mujer Mexicana. No tuvo mayor resonancia. En cambio, las Naciones Unidas adoptarían en 1975, el 8 de marzo, como la fecha oficial del Día Internacional de la Mujer. Y es que, a pesar de los intentos de convertir el 8M en un día de felicitaciones y ramos de rosas,  se ha impuesto su espíritu original, un día de lucha por la igualdad. Lo acabamos de ver en México y muchas otras partes del mundo. 

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