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miércoles, 3 de junio de 2020

El Ángel Exterminador o la Gran Disrupción

El Ángel Exterminador

Saúl Escobar Toledo

 

En 1962, Luis Buñuel, el famoso director de cine español, estrenaba en México su película “El Ángel Exterminador” que, en resumen, narra la historia de un grupo de personas que se reúnen a cenar en una lujosa mansión después de asistir a la ópera. Una vez que han terminado sus alimentos, pasan a la sala para escuchar la ejecución de una obra de piano a cargo de una de las invitadas. Al terminar, los comensales comentan que están cansados y que es hora de retirarse pero, por una extraña razón, no pueden cruzar el umbral para pasar al comedor y salir de la casa. Quedan así recluidos y amontonados por varios días: poco a poco se quedan sin alimentos y sin agua, fallecen varios de los comensales, y la fatiga y la desesperación hacen presa del grupo. Cuando algunos de ellos tratan de linchar al dueño de la casa por hacerlo responsable de la situación y, mientras forcejean con otros que buscan impedirlo, de repente una de las invitadas descubre que todos están en el mismo lugar que guardaban cuando se dieron cuenta que no podían salir. Entonces tratan de recordar los diálogos que tuvieron en esos segundos y logran vencer el miedo y alcanzar la calle.  Pocos días después, celebran una misa de gracias y al terminar, ni los sacerdotes ni los feligreses, otra vez sin razón aparente ni obstáculo alguno, se muestran incapaces de traspasar la puerta y salir de la nave del templo.

El argumento del filme ha sido comentado ampliamente en muchas reseñas y libros. Las diversas interpretaciones del inexplicable encierro y la imposibilidad de romperlo se basan en la inspiración surrealista de la obra de Buñuel; en su visión crítica   de la iglesia y los dogmas religiosos; e incluso en una condena política de la burguesía o, por lo menos, de los más privilegiados de la sociedad. El director, por supuesto, nunca aceptó dar una razón. Lo que parece claro es que se basó en la existencia de un ángel citado en el Apocalipsis bíblico que representa el triunfo del mal. Su naturaleza destructiva alude entonces al advenimiento de catástrofes que se ciernen sobre las personas, las cuales no se saben bien a bien porqué suceden y qué las originan.

La pandemia que hemos vivido durante 2020 ha recluido a miles de millones de habitantes de este planeta en sus casas. Se ha tratado de un encierro voluntario que nos ha impedido cruzar el umbral de nuestros hogares por el temor a ser contagiados por un enemigo invisible, un virus muy contagioso que -nos han repetido mil veces- puede enfermarnos gravemente y poner en peligro nuestras vidas. Las explicaciones científicas de este cataclismo mundial son numerosas. Sin embargo, de la misma manera que al ver la obra de Buñuel nunca alcanzamos a comprender cabalmente la conducta de los protagonistas ni su significado, ahora que nosotros hemos quedado presos voluntariamente queremos saber las razones de ese ángel exterminador que apareció en nuestras vidas y decidió condenarnos al encierro.

¿Por qué hoy? ¿por qué somos tan vulnerables? ¿cuándo podremos salir sin temor alguno? ¿Se repetirá un fenómeno parecido en futuro cercano?

Las respuestas a estas y otras preguntas han incluido la negación de las tesis científicas, aduciendo que en realidad el virus no existe y que se trata de una especie de conspiración para controlar al mundo. En realidad, alegan, podemos salir, somos nosotros mismos quienes nos hemos dejado convencer de no traspasar la puerta. Desde luego, cuando el contagio se multiplica y caen enfermos o fallecen las personas a nuestro alrededor, la interpretación cambia por otra mas o menos igual: el virus ha sido inoculado intencionalmente para dañarnos. Es una forma de pensar atávica y, básicamente, la misma que durante muchos siglos se ha esgrimido respecto por ejemplo a la peste negra, una de los azotes más antiguos y criminales en la historia de la humanidad: se trata de un castigo divino, producto del enojo de Dios por nuestras prácticas pecadoras.

Hay otras respuestas más interesantes, por ejemplo, la de Eduardo Campanella (disponible en www.project-syndicate.org/onpoint/the-invisible-killers-by-edoardo-campanella-2020-04), quien aduce que este virus ha resultado catastrófico por la arrogancia de nuestra civilización. Creímos que el conocimiento y la tecnología actuales, al igual que nuestra voluntad de doblegar a la naturaleza, podían terminar   con las enfermedades contagiosas. Nos impregnamos de una cierta sensación de invulnerabilidad, particularmente en Occidente. Pensamos que las epidemias podían ser controladas o se desarrollaban solamente en las regiones más pobres del planeta. El COVID-19 rompió definitivamente con estas ilusiones. Y los científicos y las autoridades sólo tuvieron a la mano un remedio: encerrarnos a todos en nuestras casas, incluso en los países más desarrollados, provocando una de las mayores disrupciones laborales, económicas, sociales y humanas que se hayan conocido en los últimos siglos. A pesar de que el saber y la técnica de que disponemos puede enviar hombres al espacio, poner robots en lugar de humanos en las fábricas, comunicarnos instantáneamente desde cualquier punto del planeta y proveernos de casi toda la información existente, no ha habido vacuna, medicina o tratamiento que valga para detener al virus. Y así, en muchos casos, nos impidieron trabajar, convivir con nuestras familias, reunirnos para celebrar o consolarnos, y acariciar o ser acariciados por otras u otros por el simple hecho de estar lejos en el momento que estalló la catástrofe.

Esa arrogancia debe ser corregida para cambiar un modelo civilizatorio que fomenta la desigualdad, el desperdicio y la ostentación, y adoptar un modo de vida más respetuoso con la naturaleza. Debería obligarnos, asimismo, a utilizar la tecnología y el saber para lo que realmente importa: la salud y la felicidad de todos.

La pandemia nos ha revelado la enorme fragilidad de nuestras sociedades y la posibilidad de que otro desastre se repita algún día, por ejemplo, como resultado del cambio climático, y no podamos tampoco ni prevenirlo ni remediarlo.

Cabría otra interpretación: el distinguido historiador marxista Walter Benjamin, en un conjunto de apuntes que se publicaron después de su muerte, “Tesis sobre la historia y otros fragmentos”, también hizo alusión a un ángel. En el apartado IX, observa que en un cuadro del pintor Paul Klee que se titula Angelus Novus (una reproducción de esta pintura se incluyó arriba de este texto)   se ve un ángel que se aleja de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. Según Benjamin, se trata del ángel de la historia que mira hacia el pasado y ve una catástrofe, una pila de ruinas. El ángel quisiera detenerse y recomponer la destrucción, pero un huracán sopla desde el paraíso y lo arrastra hacia el futuro. Ese huracán -dice Benjamin- es lo que llamamos progreso.

Escrito entre 1939 y 1940, la visión de Benjamin respondía al drama que significó el triunfo del nazismo en su patria. A la sensación de derrota y de indignación al darse cuenta de que ni los valores de la civilización occidental, ni la lucha del proletariado y los partidos socialistas habían podido detener el horror de Hitler. Sin embargo, la tesis de Benjamin siguen siendo vigentes para tratara de intentar una lectura alternativa de la historia. La humanidad no avanza, por lo menos no lo hace lineal e ineludiblemente, hacia un futuro más promisorio. Ni hemos construido un mundo mejor, ni el mal (la injusticia, la desigualdad, la explotación) ha sido derrotado, ni las catástrofes se han podido evitar.  Más bien, hasta ahora, hemos vivido destruyendo. Además de la soberbia de la que habla Camponella, nos hemos equivocado en la interpretación de la historia.

El Ángel del exterminio y el de la historia pueden ser el mismo. A menos que cambiemos nuestra perspectiva intelectual y política y tratemos de reconocer que no podemos tener fe ciega en el progreso ni en el conformismo. Cada victoria contra el atraso o la injusticia puede traer consigo el peligro de la barbarie. Y cada derrota y tragedia en la historia puede servir para construir un mejor futuro.

La nueva normalidad que se ha anunciado puede ser una desgracia peor de la que teníamos antes, o sentar la posibilidad de un cambio para construir algo nuevo. O una mezcla de ambas cosas. En cualquier caso, siguiendo a Benjamin, tenemos que estar preparados. No podemos perder la fe en un futuro mejor pero tampoco descuidar nuestro presente, pensando que la destrucción que llevemos cabo hoy podrá ser reparada mañana.

La película de Buñuel ha sido tan influyente que hace pocos años, en 2016, un joven y talentoso compositor inglés, Thomas Adès, estreno una ópera en el Festival de Salzburgo con el mismo nombre y basada en el guion original del filme. La obra tuvo amplio reconocimiento por su valor musical y fue ejecutada después en Inglaterra y Nueva York en las mejores salas de concierto. En una de las entrevistas que concedió el compositor, le preguntaron sobre su interpretación de la trama buñuelesca y la razón por la cual los protagonistas no podían salir de la casa. Adès definió al ángel destructor como "una ausencia de voluntad, de propósito" y dijo: "La sensación de que la puerta está abierta pero no la atravesamos está con nosotros todo el tiempo". Esa inacción, agregó, puede provocar el "colapso de la sociedad".

Ahora que salgamos del confinamiento, puede ser una idea rescatable en un momento histórico tan siniestro (como ya se dieron cuenta en Estados Unidos).

 

saulescobar.blogspot.com

 


jueves, 28 de mayo de 2020

Cambiar el rumbo: el desarrollo tras la pandemia. Varios autores. UNAM, mayo 2020


Cambiar el rumbo: el desarrollo tras la pandemia 

Varios autores 


Abajo,  el vínculo de un libro recientemente editado por la UNAM. Un esfuerzo colectivo que busca reflexionar y hacer propuestas en en esta etapa pandémica.

Espero sea de su interés

Saludos y gracias 

Grupo Nuevo Curso de Desarrollo

"Cambiar el rumbo: el desarrollo tras la pandemia"  está disponible en la liga http://www.pued.unam.mx/export/sites/default/publicaciones/42/Cambiar_rumbo.pdf  

miércoles, 20 de mayo de 2020

Proteger los empleos: cuestión indispensable y urgente


No se hagan bolas, son los empleos

Saúl Escobar Toledo

Hace unos días, CONEVAL (www.conveval.org.mx) publicó un interesante estudio titulado “La política social en el contexto de la pandemia por el virus SARS-CoV-2 (COVID-19) en México” (mayo 2020) que, en síntesis, advierte que los efectos de la pandemia tendrán un inevitable impacto en la economía, el comercio, el bienestar y las condiciones de vida de la población. Ello se debe principalmente a que “los efectos del desempleo afectarán de manera desproporcionada a los pobres y a los estratos más vulnerables” pues el 70 por ciento del ICTPC (Ingreso Corriente Total per Cápita) de los hogares depende de los ingresos laborales.
El problema es que la mayor parte de las ocupaciones son muy precarias. De esta manera, la parálisis productiva (por la reclusión hogareña) puede llevar no sólo a grandes caídas del PIB sino también a altos niveles de desocupación: pueden desaparecer hasta casi dos millones de empleos formales e informales que difícilmente se recuperarán, lo que a su vez provocarán un aumento de la pobreza. Los mexicanos en esta condición aumentarían de 61 a 71 millones. Por su parte, la cantidad de extremadamente pobres aumentaría de 21 a 31 millones de personas. Cifras que pueden cambiar de acuerdo con el comportamiento del ritmo económico.
Ante estos escenarios, CONEVAL afirma que es necesario diseñar una estrategia para afrontar los efectos que esta emergencia que incluya medidas de mediano y largo plazo, imprescindibles para construir un sistema de protección social que sea capaz de enfrentar eventos críticos como el que ahora padecemos.
El organismo evaluador considera que las previsiones originales del gobierno deban cambiar radicalmente. El crecimiento del PIB previsto antes de la pandemia para 2020; el fortalecimiento del mercado interno como consecuencia del aumento de las transferencias de los programas sociales; los ingresos de las remesas, así como una menor inflación y el aumento del gasto en inversión en infraestructura y sectores estratégicos, son expectativas que tendrán que ser reconsideradas ante la crisis sanitaria y la inminente desaceleración de la economía.
Por lo tanto, afirma, se requieren nuevas medidas, no contempladas antes de la pandemia, como una pensión universal mínima de retiro e invalidez financiada con impuestos generales. Igualmente, un seguro de desempleo contributivo y una renta básica ciudadana (de cobertura universal) o un piso mínimo solidario (que llegue al menos al 30% de la población más vulnerable).
Asimismo, aconseja subsidiar parcial o totalmente las cuotas obrero-patronales de la seguridad social a cargo de los empleadores durante los meses de distanciamiento social, e incentivar el empleo temporal mediante programas de gobierno
En el caso de los trabajadores informales recomienda aprovechar el programa de Apoyo Financiero a Microempresas Familiares, ampliando su cobertura de un millón a dos millones de créditos.
Para apoyar a los hogares propone también subsidios temporales por lo menos durante los meses que dure la emergencia al pago de la energía eléctrica y de los sistemas de agua. Otorgar despensas a las familias de los menores que son beneficiados con la provisión de alimentos en las escuelas, en tanto las clases se encuentran suspendidas. Y cupones para la adquisición de alimentos durante la contingencia sanitaria, como mecanismo para mejorar la seguridad alimentaria de los hogares
Finalmente, el CONEVAL considera que se deben reforzar los programas existentes anunciados el 23 de abril por el gobierno federal con un nuevo enfoque basado en la pobreza urbana. El costo de este reforzamiento oscilaría entre 294 mil millones de pesos (MMP) y 198 MMP.  Es decir, entre 1.21 y 0.82% del PIB. Para financiar estos programas (y eventualmente otros de mayo alcance) considera que es “necesario un estímulo fiscal de un monto suficiente para apoyar los servicios de salud y proteger los ingresos y los empleos”. Y propone una reforma fiscal, la reasignación de recursos que no son prioritarios, y el uso de partidas excepcionales.
En síntesis, CONEVAL centra su atención en los daños al empleo urbano (formal e informal, asalariado y por cuenta propia) y sus efectos en el nivel de vida de las familias. Y sostiene que hay que hacer todo lo que se pueda hacer para defenderlos. Hay desde luego otros rubros que deben ampliarse sobre todo en materia de salud y educación, pero lo central, en estos momentos, es defender los trabajos existentes.
El gobierno por su parte, como se ha visto, ha mantenido su programa original pese a la contingencia. No sólo eso. Además, decidió un ajuste al gasto gubernamental.  Lo anterior fue ratificado por el presidente en un documento llamado “La nueva política económica en los tiempos del coronavirus”. Llama la atención que en dicho escrito no se hable de los empleos destruidos por la crisis y se limite a señalar que la creación de nuevas plazas de trabajo dependerá de la industria de la construcción y del Tratado comercial con Estados Unidos y Canadá sin tomar en cuenta otras propuestas y programas, por ejemplo, los que elaboró CONEVAL y otras que se han aplicado en diversos países.
Esta desatención no concuerda con la experiencia histórica y lo que se ha aprendido desde la crisis de 1929. Como se sabe, el crack dio lugar a un nuevo pensamiento económico encarnado principalmente en la obra de John M. Keynes. Según uno de sus principales biógrafos, Robert Skidelsky:
“En la década de 1930, la Administración de Obras Públicas del presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, financió con recursos públicos la construcción de aeropuertos, carreteras, presas, puentes, escuelas y hospitales. Además, proporcionó directamente empleos a los trabajadores desplazados por las empresas. Fue Keynes, agrega Skidelsky, quien sentó los fundamentos teóricos para una presencia pública cada vez mayor en las economías de mercado. Argumentó que, en una recesión económica, si el gobierno contrata directamente personas para trabajar, el efecto multiplicador de estos ingresos fomentará también la actividad en el sector privado, y que una política permanente por parte del gobierno para financiar y proteger los empleos atenuaría en gran medida las fluctuaciones del ciclo económico.  De esta manera, la política fiscal debería ajustarse a estos objetivos y no al revés, como sucedía anteriormente, cuando se pensaba que el equilibrio debería mantenerse a toda costa.
Skidelsky insiste en que el papel del estado para crear y fomentar el empleo no ha sido nunca solamente un problema económico sino principalmente político pues involucra un debate sobre el tamaño del estado, su papel económico y los recursos que se requieren. Y concluye:
“Naturalmente, los ricos y poderosos generalmente han preferido un estado limitado que los deja libres para hacer lo que quieran con el dinero y el poder que controlan. Los pobres y excluidos, por el contrario, han recurrido al estado para protegerlos contra la inseguridad del mercado y las depredaciones de los ricos. Keynes estaba de su lado. Tenía razón al decir que el capitalismo no regulado no garantizaba el pleno empleo ni una distribución equitativa de la riqueza y los ingresos".
El saber acumulado desde 1929 pareciera darle la razón a CONEVAL. No sólo se tiene que gastar más (por encima de lo programado y del superávit primario) sino que se requiere proteger, principalmente, el empleo urbano. La diferencia entre una larga y profunda recesión y la posibilidad de suavizar esta curva (como se está haciendo con la epidémica) radica en esta fórmula. Salvar las ocupaciones existentes y fomentar la creación de otras permitirá mejorar la oferta y la demanda. Dejar que se pierdan llevará a un círculo dramático: mayor pobreza y menor crecimiento económico. Una lección que, en estos momentos de emergencia, respalda el FMI, el Banco Mundial, la UNCTAD-ONU, la CEPAL y todos (o casi) los economistas de diversos centros de estudio.
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miércoles, 6 de mayo de 2020

Un primero de mayo en reclusión


Un primero de mayo en reclusión (y en soledades)

Saúl Escobar Toledo

Ese día las calles estuvieron vacías. Los trabajadores no marcharon. Por primera vez en toda la historia de México, desde el primer primero de mayo de 1913, sólo algunas voces representativas del movimiento obrero se pudieron escuchar por medio del internet. El gobierno, por su parte, en Palacio Nacional, rememoró la fecha frente a un puñado de reporteros, sin la presencia de alguna representación sindical. La razón fue evidente: la epidemia estaba (y está) en la fase más peligrosa. Llevar a cabo una concentración de personas, sobre todo en la capital del país, representaba un serio peligro de contagio masivo.
Un panorama similar se observó en muchas partes del mundo, pero ello no debe ocultarnos el hecho de que, a pesar de todo, las organizaciones de los trabajadores siguen vivas. Tal cosa podría parecer intrascendente. No lo es si tomamos en cuenta que están enfrentando, todos los días y en la vida real, una lucha singular: defender la vida frente a la presión de las empresas para echar andar las máquinas, lo más pronto posible, sin proteger debidamente la salud de sus empleados; y, al mismo tiempo, tratar de evitar los despidos, las reducciones salariales y los recortes de los contratos colectivos. Lo están haciendo como pueden, en condiciones muy adversas. En muchos casos, sin la presencia física de sus dirigentes y en otros negociando con los representantes patronales.
En México, ante la ausencia casi total de sindicatos representativos, son los trabajadores, de manera directa, sin el respaldo de sus gremios, los que están dando la batalla. Como sucede en las maquiladoras del norte del país, los obreros se niegan a entrar a trabajar, protestan dentro o fuera de la fábrica, y dan a conocer su situación con grandes dificultades. Son también, junto con el personal de salud que busca salvar vidas, los héroes de estas jornadas, aunque su reconocimiento sea muy escaso.
Desgraciadamente, las presiones serán cada vez más fuertes. La acumulación de días sin el acceso a insumos, sin producción y sin ventas harán más imperiosa la necesidad de “volver a la normalidad”. Los trabajadores, de igual manera, resentirán cada vez más la necesidad de acudir al trabajo ante el riesgo del despido o la falta de ingresos.
Lo que viene será más difícil. Una confrontación más intensa y al mismo tiempo más desigual. Ante ello, el papel de los gobiernos y los juzgados laborales será muy importante. La política laboral deberá regirse en primer lugar por el objetivo de salvar vidas y no por las presiones de nuestros socios comerciales. De ahí la urgencia de llevar a cabo un programa de rescate mediante un salario o ingreso básico dirigido a las familias más pobres, y legislar un seguro de desempleo. Sin estos instrumentos, no hay muchas opciones para los trabajadores, quienes pueden caer presa de la enfermedad, la pobreza, o de ambas.
Frente a esta situación, vale la pena recordar los pronunciamientos hechos este primero de mayo. La declaración del gobierno de la república aludió a los logros obtenidos: una nueva política de salarios mínimos que ha logrado la recuperación de su valor en un 35%; la reforma laboral que busca “pasar de los contratos de protección, de la corrupción sindical,… a la autonomía e independencia de los sindicatos para que sean fuertes y defiendan a los trabajadores”; el programa de capacitación Jóvenes Construyendo el Futuro; el principio de proporcionalidad de género en la representación sindical; el programa piloto para incorporar a las y los trabajadores del hogar a la seguridad social. También se comprometió a erradicar las prácticas ilegales de la subcontratación.
Sin embargo, todos esos avances, sin duda importantes, ya existían antes de esta crisis. En cambio, a pesar del reconocimiento de estos “momentos difíciles”, no hay ninguna medida adicional que responda a la nueva situación.
Por su parte, las organizaciones independientes, particularmente la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), la Nueva Central de Trabajadores (NCT), así como la Confederación Internacional de Trabajadores (CIT), aunque esta última de manera más discreta pues no planteó ninguna agenda o programa frente a la crisis, difundieron sus propios manifiestos. La UNT puso en el centro la necesidad del diálogo social y el establecimiento de un Acuerdo Nacional que conduzca a un nuevo Pacto Social. Además, entre otras cosas planteó:  control de precios de medicamentos y alimentos de la canasta básica; suspensión temporal de cobro de créditos de Infonavit, Fovissste y Fonacot; establecimiento del seguro de desempleo; erradicar el outsourcing (seguramente se refieren a la subcontratación laboral); y solución a los conflictos laborales: Notimex, Chapingo, UNTyPP y Universidad Michoacana. Sorprende que no haya sugerido ningún apoyo especial para los trabajadores informales o para las familias más afectadas por la crisis.
Por su parte la NCT llamó en primer lugar  a una Convención Nacional Democrática de los Trabajadores y a la solución de las huelgas existentes y  propuso un  Seguro de Desempleo Universal para el sector formal e informal; la abrogación del outsourcing (subcontratación); un Ingreso Básico Universal para las familias de bajos recursos; la suspensión temporal de pago de hipotecas y rentas domiciliarias; la abrogación del sistema de AFORES y el restablecimiento de una sistema solidario de jubilaciones; nacionalización de empresas que cierren total o parcialmente; la suspensión de pagos de la deuda externa; y a detener los mega proyectos (seguramente en alusión  a los planes del gobierno anunciados por el presidente: la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya, y el corredor transístmico). Hay que destacar, finalmente que la NCT se manifestó por una negativa a “los pactos promovidos desde el empresariado y el sindicalismo corporativo”.
Aunque existen varias coincidencias entre estas dos organizaciones, aparentemente la discrepancia mayor puede encontrarse en el llamado a un Acuerdo Nacional. Probablemente también en otros asuntos como la nacionalización de empresas; la suspensión del pago de la deuda externa y la oposición a los megaproyectos. Estas últimas posibles diferencias quizás podrían zanjarse o ponerse a un lado en aras de la unidad.
Sin embargo, lo que más llama la atención de los discursos de las partes aquí citadas es la ignorancia que se manifiestan. El gobierno señala que todos debemos “ser solidarios y corresponsables” pero no hace un llamado al diálogo, la colaboración, o el apoyo de los sindicatos para enfrentar la crisis. Ni a los agrupamientos más representativos ni a aquellos que encarnan mejor la corrupción y el sindicalismo de protección que, asegura, será combatido por la reforma laboral. Por su parte, la UNT y la NCT no aluden directamente al gobierno de la república ni al Congreso de la Unión. Tampoco aceptan ni rechazan la política laboral llevada a cabo hasta ahora, y por lo tanto no hacen una evaluación de sus logros o fallas.   Además, ninguna de las dos agrupaciones independientes se reconoce mutuamente como, por cierto, lo hicieron muchas veces en el pasado inmediato en ocasión del 1o de mayo. Como si nunca se hubieran visto.
Esta indiferencia mutua representa algo más que un calculado desdén. Nos habla de la existencia de un posible desconcierto. El gobierno de la república ha decidido llevar a cabo un plan que no quiere poner a discusión pública. Las organizaciones democráticas, por su parte, tampoco se han propuesto en serio un diálogo que permita  construir la unidad del sindicalismo ni desatar acciones conjuntas para imponer una agenda legislativa que incluya algunos planteamientos en los que hay consenso, como el seguro de desempleo. Cosa, esta última, muy urgente y necesaria.
Los agrupamientos sociales democráticos pueden y deben impulsar la unidad y la búsqueda de acuerdos.  El gobierno más tarde o más temprano tendrá que responder a sus exigencias. Lo malo es que, soliloquios aparte, el tiempo apremia…
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lunes, 27 de abril de 2020

¿Dos estrategias frente a la crisis? La política sanitaria y la económica: ¿se complementan o se divorcian?















Artículo aparecido en Brújula Ciudadana 

Manifiesto

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No, no están todos. Faltan programas de apoyo para los trabajadores despedidos


No, no están todos

Saúl Escobar Toledo

El programa económico del gobierno presentado hace unas semanas representa, sin duda, un gran esfuerzo por proteger a algunos sectores de la población más necesitados. El sábado pasado, 18 de abril, el presidente reiteró las medidas que se están poniendo en práctica en un video grabado en el cual, además, desmintió a TV Azteca y volvió a dar su apoyo al subsecretario de salud, López Gatell.
Sin duda, la campaña de la televisora y de otros medios de comunicación, personas y asociaciones de diverso tipo contra las medidas sanitarias dictadas por la autoridad correspondiente no reparan en el daño que pueden causar. Alimentan conductas que rechazan la reclusión hogareña y la sana distancia y, al mismo tiempo, fomentan el miedo de que los hospitales y el personal sanitario no sean capaces de atender a los enfermos. Estas campañas defienden, sin duda, intereses políticos y económicos particulares.  Sus expresiones, a menudo hechas con ligereza, forman parte de un ambiente político tenso que demuestra que la pandemia no ha detenido la lucha por el poder. La crítica a las políticas públicas no sólo es admisible; es necesaria para fortalecer programas y advertir debilidades. Ésta, sin embargo, no debería convertirse en un instrumento para agudizar las calamidades que no sólo azotan a México sino al mundo entero. En cambio, aquellas propuestas que tienen como objetivo fortalecer las respuestas gubernamentales deben ser valoradas justamente.
Es el caso del programa económico. En varias ocasiones, incluyendo el mensaje del sábado pasado, el presidente se ha referido a los apoyos otorgados por su gobierno. Dijo que, ante el alargamiento de la reclusión domiciliaria, el plan es dar apoyo a 60% de los hogares “para empezar”. Las prioridades son los más pobres y una parte de la clase media. Mencionó tres formas de apoyo: primero, intensificar la entrega de algunos beneficios, de tal manera que hasta el 10 de abril se habían repartido 46 mil millones de pesos (mmp) a 8 millones de adultos mayores y a 1 millón de niños y niñas con discapacidad; entre mayo y junio se dispersarán un total de 50 mmp. La segunda forma consiste en 3 millones de créditos para la economía formal e informal, sobre todo para microempresas y trabajadores por su cuenta con una tasa de interés de 6.5% (incluyendo ahora a180 mil pescadores) y apoyos para 250 mil agricultores, así como mayores recursos para “Jóvenes construyendo el futuro”.  La tercera se materializa en 11 millones de becas para estudiantes.
Así pues, estará cubierta una parte de la población afectada, pero no toda. Falta un sector muy importante: los trabajadores asalariados que ya perdieron, perderán su empleo o verán rebajados sus ingresos debido a reducciones en la jornada laboral tanto en las ramas económicas más modernas como en las menos desarrolladas. Entre estas últimas predominan grupos tan vulnerables como los trabajadores que sirven a un patrón, pero no cobran salario (propineros); los jornaleros rurales; las trabajadoras del hogar (y cuidadores de personas) sin seguridad social; y los trabajadores informales asalariados (no inscritos en el seguro social).
Es evidente que este universo no está compuesto fundamentalmente por adultos mayores, niños con discapacidad, estudiantes, o jóvenes aprendices. Tampoco hay que confundir a los trabajadores de las microempresas con el sector de informales que labora al servicio de un patrón sin seguridad social. En algunos casos pueden coincidir, pero no en todos. Además, no es lo mismo otorgar un crédito al dueño del changarro que una ayuda directa al trabajador que no tendría que ser devuelta posteriormente. 
Para ilustrar mejor el asunto, podemos poner de ejemplo el proyecto de ley aprobado recientemente en la Cámara de Diputados de Brasil iniciado por la oposición al presidente Bolsonaro y que logró el apoyo de la mayoría. Aunque falta la ratificación del senado y el mandatario podría vetarla, es un interesante ejemplo de lo que se puede hacer para combatir los efectos de la crisis entre la clase trabajadora.
Debe aclararse que en Brasil existe un seguro de desempleo financiado con los impuestos generales pero administrado de manera tripartita. Sin embargo, la magnitud del daño que está causando la pandemia y la recesión económica han llevado a instrumentar un programa adicional, financiado enteramente con recursos públicos, que consiste en una ayuda de 600 reales, unos 110 dólares estadounidenses ($US), por tres meses que puede duplicarse a $US 220 dólares en caso de hombres o mujeres solteros, jefes de hogar (incluyendo madres adolescentes menores de 18 años). La ley contempla la posibilidad de alargar el período de ayuda si continua la pandemia.
Este beneficio sólo lo podrán recibir aquellos que tengan un ingreso mensual por persona de hasta la mitad de un salario mínimo (aproximadamente $US 100 dólares) o un ingreso familiar de hasta tres salarios mínimos ($US 300 dls.).
El programa está destinado a microempresarios, pero también a personas desempleadas o trabajadores informales que se inscriban voluntariamente mediante una plataforma digital proporcionada por el gobierno o que ya estén dados de alta en el registro de contribuyentes. Las categorías laborales son numerosas, entre ellas: pescadores, agricultores, miembros de cooperativas, camareros, taxistas y repartidores (incluyendo los de aplicaciones digitales como Uber y Didi), camioneros, trabajadores de limpieza; agentes y guías de turismo, técnicos de espectáculos y entretenimiento, profesionales, trabajadores deportivos, fisioterapeutas, nutricionistas, psicólogos, etc.
De esta manera, el proyecto abarca a un conjunto de trabajadores que no pueden ser beneficiarios del seguro de desempleo, aunque se trate de asalariados, porque su contratación es muy precaria pues laboran como eventuales, subcontratados, subocupados, o sin registro fiscal.
En México, en cambio, no contamos ni con un seguro de desempleo ni se ha previsto hasta ahora una ayuda directa y en efectivo a los trabajadores asalariados despedidos (que contaban con una plaza estable) o desocupados, especialmente a los más vulnerables.
Si no se avanza en ambos sentidos, una cantidad que puede llegar hasta un 40% de la población asalariada total puede verse desamparada completamente. Y en el caso de las microempresas (que suman 14 millones de personas empleadas) podrían recibir ayuda sólo la mitad en el mejor de los casos y de manera indirecta, a través de un crédito al dueño del establecimiento.
Los efectos de este abandono serían muy graves y sin duda aumentarían la pobreza y la misma crisis económica por la caída de la demanda. Como se ha señalado en este espacio y por parte de distintos especialistas, el costo de estos programas no representaría una carga exagerada (alrededor de un punto porcentual del PIB). Tendría la ventaja, además, de reabrir un debate iniciado en 2014, que no concluyó, sobre el seguro de desempleo. Hay que recordar que este instrumento de política laboral existe desde hace tiempo en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Uruguay, Chile y Venezuela en América Latina, y en casi todos los países desarrollados, con modelos de financiamiento y de implementación distintos. Y, también, que este seguro ha sido una promesa olvidada desde el constituyente de 1917. Otra propuesta que se ha manejado es el Ingreso Ciudadano Universal o Renta Mínima Vital como el que ha sido anunciado en España hace unos días. Sin embargo, este último supondría la eliminación de varios programas de ayuda en efectivo que ya están operando (para no duplicar las transferencias) y un esfuerzo fiscal mayor. Como quiera que sea, está claro que, ante los estragos de la crisis presentes y venideros, no todos están todavía incluidos en los planes del gobierno. Esperemos que lo estén pronto.  Aprovechando una de las frases del presidente podríamos decir ahora, “por el bien de todos, primero los trabajadores pobres”.