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miércoles, 4 de diciembre de 2019

De extremismos y divisiones: un mundo en la zozobra


De extremismos y divisiones

Saúl Escobar Toledo


En el mundo desarrollado, Europa y Estados Unidos, se vive una división política y social cada vez mayor. Partidos y movimientos se mueven hacia los extremos. En Inglaterra, el líder del laborismo, Jeremy Corbyn, ha logrado que su partido apruebe una plataforma muy cargada a la izquierda que ha sido catalogada por algunos como “teñido de marxismo”; en España, el PSOE selló una alianza con Podemos, una agrupación claramente más izquierdista; en Italia, desde agosto, el movimiento cinco estrellas rompió su alianza con la derecha y formó un  nuevo gobierno con la socialdemocracia; en Alemania, el SPD (socialdemócrata) acaba de elegir a una dirección  que pretende romper  con la línea política moderada que sostuvo  la alianza con Merkel . Por su parte, en Estados Unidos, dos de los tres delanteros de la carrera por la candidatura presidencial en el Partido Demócrata son del ala más radical: Elizabeth Warren y Bernie Sanders.
Sin embargo, del otro lado, las opciones de la extrema derecha no retroceden y en algunos casos se fortalecen: en Inglaterra tienen al primer ministro; en España, el partido Vox creció en las últimas elecciones; en Italia la ultraderecha catalogada como fascista mantiene una enorme fuerza en el norte; en Alemania la extrema derecha (AfD) se ha expandido en algunas regiones; y en nuestra vecindad norteña, Donald Trump puede ganar la reelección el próximo año.
Con todos los matices y diferencias que se quieran encontrar, parece que el centro (a la derecha y a la izquierda) ha perdido terreno frente a opciones más radicales. Estas tendencias, hoy se reconoce ampliamente, responden a un crecimiento de la desigualdad y de la exclusión social. Pero también a una democracia que no escucha ni responde a sus ciudadanos. En Francia, los chalecos amarillos han sido el mejor ejemplo de este fenómeno generalizado en los países más prósperos.
Mientras tanto, en América Latina la situación es aún más compleja. Fuertes movilizaciones sociales se han llevado a cabo en los últimos meses en Chile, Colombia, Ecuador y Bolivia. A esta lista podrían agregarse   Haití y Honduras que tienen una historia más larga de crisis sociales y políticas. En Brasil, la libertad del ex presidente Lula refleja el desgaste del régimen de Bolsonaro y marca la oportunidad de una recuperación de la izquierda para enfrentarlo. En el terreno electoral, en Argentina perdió la tecnocracia neoliberal y ganó la   opción más progresista, levantando un programa diferente al del derrotado Macri. En cambio, en Uruguay, ganó la derecha gracias a una alianza con un partido extremista, cercano al militarismo autoritario de los años setenta, llamado Cabildo Abierto. Desplazó al Frente Amplio, la coalición más estable y respetada que gobernó ese país por 15 años. Y en Bolivia, se llevó a cabo un golpe de estado encabezado por el ejército y capitalizado por la ultraderecha que logró deponer a un gobierno legítimo. Aquí, la sombra de la guerra civil es más patente.
La división social y política de América Latina tiene similitudes con lo que ocurre en Europa y Estados Unidos: las opciones de la extrema derecha se fortalecen mientras que las tendencias progresistas, partidos y movimientos, se están viendo forzadas a radicalizarse para resistir esa ofensiva. Sin embargo, en nuestra región, a diferencia del mundo desarrollado, la conflictividad social, encarnada en la violencia de las manifestaciones, ha rebasado a las instituciones políticas. Quizás con la excepción de Argentina (y de Uruguay, por lo pronto), la inconformidad ha optado preferentemente por las calles y no por las urnas.
De cualquier manera, la división y el desplazamiento a los extremos en Europa, Estados Unidos y América Latina, demuestra las heridas causadas por la globalización neoliberal y la insatisfacción con la democracia realmente existente. Al mismo tiempo,  se ha agudizado también una gran confusión política e ideológica. Si la ultraderecha sólo puede atizar los conflictos sociales y agravar la situación económica mundial con sus políticas fallidas o sus guerras económicas, las izquierdas aún no afianzan un modelo alternativo capaz de convencer de manera contundente a sus electores y de superar el esquema neoliberal. Y es que esto último requiere enfrentar un enorme poder económico y político, y reformular ideas y comportamientos culturales que se han arraigado en las últimas décadas.
El domingo pasado, el presidente López Obrador, al hacer un balance anual de su gobierno destacó, como era de esperarse, los logros de su administración, aunque también aceptó los grandes pendientes sobre todo en materia de crecimiento económico y seguridad pública. Pidió un año más para dar resultados tangibles en estos últimos asuntos. En un momento de su discurso, el presidente dijo: “Es indudable que estos primeros 12 meses hemos avanzado mucho, pero aún estamos en un proceso de transición, todavía lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer”.
Un balance de sus aciertos, faltantes y errores es indispensable. No obstante, en este escrito queremos intentar otro enfoque: el movimiento hacia los extremos que estamos presenciando en el mundo desarrollado y en América Latina está tocando a México si bien de una manera aún incipiente. El problema central de este gobierno es precisamente que, usando sus propias palabras, sus políticas son sin duda novedosas y van en un sentido distinto al de sus antecesores, pero no acaban de mostrar resultados contundentes. Ese proceso de transición puede durar un año o más y representa sin duda su flanco más vulnerable. Mientras, la oposición política e intelectual, inclinada a la derecha, apunta a otro lado. Ha condenado al fracaso todas las acciones del presidente y ha construido su discurso sobre la idea de que AMLO es un dictador. Con ello se mueve a la extrema derecha: su radicalismo, comparando a López Obrador con Maduro y recientemente con Evo Morales, ayuda a justificar la exigencia de su renuncia inmediata o su deposición violenta por medio de una gran movilización social que se apoye en un golpe militar. No todos los marchistas opositores el domingo comulgan con estas ideas, pero sin duda el PAN, diversos contingentes que expresaron sin rubor su anticomunismo, y varios intelectuales que se precian de liberales han abrazado esa perspectiva. Del lado izquierdo, ya hemos visto la violencia callejera de varios grupos de mujeres que creen que es la única forma de ser oídas por las autoridades y la sociedad machista que admite o provoca vejaciones diarias contra ellas.
Hasta ahora, estos radicalismos no han representado un problema mayor, como en otros países. En el caso de la derecha política, su esperanza (aunque no mucha), está en las elecciones del 2021 y sería suicida para ella propiciar la violencia más allá del discurso. En lo que toca a los movimientos sociales, una respuesta oportuna y eficaz de los gobiernos (federal y local) puede atenuar su radicalismo callejero. Hay todavía margen para ello.
Y, sin embargo, el movimiento hacia los extremos puede exacerbarse, como en otras partes del mundo si los cambios tardan demasiado en dar resultados palpables. En el caso de México no se trata sólo de una carrera contra el tiempo. El gobierno necesita construir un diálogo crítico, sereno y propositivo con diversas fuerzas sociales. El cambio que proclama el presidente es necesario y muchas de sus medidas van en sentido correcto. No obstante, para corregir errores y desviaciones, y ante el naufragio de MORENA, se requiere reunir a un conjunto de voces que, al mismo tiempo, apuesten por el cambio, señalen las fallas y propongan alternativas. Desafortunadamente, hoy en día, ese coro es muy débil, apenas unas cuantas voces aisladas. Su reagrupación y fortaleza puede ayudar a que en México se lleve a cabo algo excepcional en el mundo: la transición hacia un nuevo orden de manera pacífica y democrática.



jueves, 21 de noviembre de 2019

La tesis Almagro sobre el golpe de estado en Bolivia


La tesis Almagro sobre Bolivia

Saúl Escobar Toledo


El secretario general de la OEA, Luis Almagro, aseguró en una sesión plenaria de ese organismo efectuada el 13 de noviembre, pocos días después de la renuncia de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, que el golpe de Estado en esa nación en realidad se había llevado a cabo el 20 de octubre, cuando se cometió un fraude electoral a manos del propio gobernante. Esa afirmación ha sido desmentida y ridiculizada por muchos, pero sigue sosteniéndose por diversos medios de comunicación, sus   comentaristas y, sobre todo, por algunos gobiernos del mundo. No vale mucho la pena discutir su validez jurídica o histórica pues se trata en realidad de una tesis política que, vista con más cuidado, es extremadamente peligrosa para América Latina y el mundo.
La tesis Almagro plantea en realidad dos cosas: que el ejército debe intervenir cuando un gobierno atenta contra la ley, y segundo, que el orden constitucional puede ser suspendido para reparar esas violaciones. Lo primero supone que el ejército debe usarse en lugar de los mecanismos jurídicos previstos por las instituciones correspondientes. En el caso de Bolivia, el propio presidente había aceptado encauzar el conflicto de acuerdo a las normas constitucionales, aceptando llevar a cabo una segunda vuelta. Si esto hubiera sucedido, es probable que la crisis se hubiera resuelto pacíficamente y que la transmisión del poder se hubiera realizado sin mayores sobresaltos. Por otro lado, la justificación de que el orden legal puede dejarse sin efecto por alguna razón, incluyendo un pretendido fraude electoral que en este caso no llegó a materializarse, otorga a quienes lo interrumpieron carta blanca para hacer lo que estimen conveniente sin limitación alguna.
La tesis Almagro parece aplicarse principalmente a los gobiernos de izquierda. En Honduras en 2009, para citar algún ejemplo, se aplicó una política similar. Todos recordamos, desde luego, el golpe a Salvador Allende en 1973 en Chile. Ello se debe a que, en la gran mayoría de los casos, estos levantamientos han contado con el apoyo no sólo del ejército, sino también de la participación activa de las oligarquías locales y el visto bueno o la intervención soterrada de los gobiernos de Estado Unidos.
La participación de las izquierdas latinoamericanas en los procesos electorales y sus triunfos en algunos países, parecían haber creado un clima político más estable en la región y un fortalecimiento de las instituciones democráticas. Al aceptar las reglas del juego, ganar o perder en las urnas, la alternancia en el poder tendría que darse sin recurrir a la violencia. Incluso en aquellas ocasiones en las que se denunció un fraude electoral, como en México en 1988 y 2006, las protestas se dieron por medios pacíficos y utilizando los medios legales a su alcance.
La tesis Almagro y sus derivaciones parecen un regreso a los tiempos de la guerra fría, cuando el pretexto de los golpes fue la amenaza del comunismo. Ahora se alega el respeto a los principios democráticos. Se trata sin embargo de una idea muy particular, pues se presume que se trata de una democracia no sustentable, una democracia que no puede remediar sus males y sus vicios por sí sola y que tiene que recurrir al ejército para restaurarla y, por lo tanto, a la suspensión del orden establecido en sus constituciones para crear otro estado de cosas que se supone más democrático.
El problema que queremos resaltar no olvida los errores y aún las posibles violaciones a los preceptos legales de algunos, no todos, los gobiernos de izquierda. O las movilizaciones populares que se han desatado contra esos gobiernos. El problema que nos parece importante reflexionar es que ante esos yerros   y la inconformidad social, la tesis Almagro proponga una salida que necesariamente implica el uso de las fuerzas armadas, la ruptura de la legalidad y la violencia.
Así las cosas, la tesis Almagro se puede convertir en una línea política muy peligrosa para la región. Es un llamado implícito a los ejércitos para actuar, un cheque en blanco para la ruptura del orden constitucional cuando se considere la existencia de una falla de los gobiernos (puede ser un supuesto fraude electoral pero también, como en el caso de la presidenta Rousseff de Brasil, un sobre ejercicio presupuestal), y una invitación resolver las crisis políticas de la región mediante acciones represivas.
Esta línea ha sido dictada por el conductor de un organismo internacional que debería servir para conciliar y promover el entendimiento entre países y dentro de los países. De esta manera, la OEA, como en los viejos tiempos, se ha convertido en un ente faccioso que no tiene nada que ver con los principios y fines que, declarativamente, le dieron origen.
Pero la tesis Almagro es también peligrosa porque implica una amenaza a los gobiernos de izquierda o progresistas de la región. La opción electoral supuso abandonar la idea de la revolución, la insurrección armada para acceder al poder. Ello significó también sellar un pacto con los actores dominantes en el mercado, con las instituciones políticas y sus personeros, y las condiciones, muchas de ellas desventajosas, de la globalización actual. Un gobierno de izquierda se obliga, por el sólo hecho de triunfar en las urnas, a respetar algunas reglas básicas pero esenciales:  el respeto a la propiedad privada, el pluripartidimo y llevar a cabo elecciones periódicas, la separación de poderes, la libertad de expresión y manifestación, etc. Los principios básicos de lo que se ha llamado una democracia liberal.
El problema es que los gobiernos de izquierda llegan al gobierno bajo estos principios y, al mismo tiempo, intentan cambiar las cosas levantando otros postulados que van más allá (aunque no necesariamente se oponen) a la democracia liberal. Por ejemplo, un fortalecimiento de la conducción del Estado en la economía; políticas redistributivas que  pueden afectar los intereses de las oligarquías, como una reforma fiscal progresiva, o limitar el negocio privado de la educación, la salud y las pensiones; o tratar de controlar el funcionamiento de los sistemas financieros, casi siempre de carácter especulativo y fraudulento. También, llegan a cuestionar la libertad de los medios de comunicación, los cuales, frecuentemente, caen en conductas negativas como la desinformación, la calumnia, la difamación y la coprofilia (como dijera el Papa Francisco, https://www.sinembargo.mx/01-04-2019/3559260).
Así las cosas, la tesis Almagro cuestiona la posibilidad de que los gobiernos de izquierda salgan de los márgenes más estrechos de lo que usualmente se consideran los principios básicos de la democracia liberal. Y, si lo hacen, dado que actúan en un marco democrático no-sustentable, entonces la intervención militar y la ruptura del orden constitucional estarán plenamente justificadas.
Esta posición, sin embargo, se riñe con la insatisfacción creciente de los pueblos con la desigualdad y la injusticia, pero también con los cauces rígidos de esa democracia liberal que han llevado a la indiferencia y el abandono social de partidos políticos y gobernantes, como se expresa actualmente en Chile y ha reconocido el propio presidente de ese país.
Esa insatisfacción se está convirtiendo en una plaga universal. Ha permeado en países pobres y ricos, desarrollados y en desarrollo, europeos, americanos y asiáticos.  Ya veremos si en Bolivia la resistencia popular logra restablecer la legalidad, o los verdaderos golpistas se afianzan en el poder bajo sus extrañas ideas de lo que entienden por democracia: un extremismo religioso sectario, racista y violento. Lo que parece indudable es que la movilización social tiene que ser canalizada mediante fórmulas políticas que nada tienen que ver con la tesis Almagro. Una democracia con capacidad de transformación y de autorregulación, una democracia sustentable es posible y necesaria. Esa debe ser, por lo menos, nuestra esperanza.
saulescobar.blogspot.com